Fueron a la caja, donde Matthew pagó la cuenta antes de salir los dos del café. Puso de relieve que todo aquello era a costa de la familia Guntlieb, pero ella no veía del todo claro si lo hacía para dejar bien claro que la invitación estaba incluida en las citas, o si lo decía sencillamente porque sentía la necesidad de explicárselo. Se limitó a asentir despreocupadamente con la cabeza y a dar las gracias.
Salieron al frío del aparcamiento, donde habían dejado el coche de alquiler. El apartamento de Harald estaba en la Bergstaðastræti, así que no había mucho camino desde Hverfisgata. Þóra conocía bien el barrio de Þingholt desde que empezó a trabajar en Skólavörðustígur, así que pudo indicarle el camino a Matthew sin vacilaciones: aunque el barrio no tuviera demasiadas calles, resultaba bastante complicado para quienes no lo conocían bien circular por esas calles bastante estrechas y de dirección única. Encontraron un sitio justo delante de una espléndida casa blanca de piedra en Bergstaðastræti donde Matthew dijo que se encontraba el apartamento de Harald. Era uno de los mejores edificios del barrio, muy bien conservado, y Þóra pudo imaginarse la cantidad en la que podría tasarse. Aquello explicaba por lo menos la exorbitante cuenta de alquiler que había visto en los papeles de Harald.
– ¿Ha estado aquí antes? -preguntó Þóra cuando subieron a la entrada lateral del edificio. La entrada principal, que daba a la calle, correspondía, según contó Matthew, a otro apartamento de la planta baja, donde vivían los propietarios.
– Sí, en realidad varias veces -respondió Matthew-. Aunque ésta es sólo la segunda que entro por mis propios medios, si así puede decirse. Las otras veces vine con la policía. Necesitaban un testigo cuando se llevaron papeles y otras cosas con motivo de la investigación, y otra vez cuando los devolvieron. Pero estoy seguro de que nuestra inspección del apartamento será más concienzuda que la que hizo la policía. Enseguida dieron por hecho que el asesino había sido ese Hugi, e inspeccionaron el apartamento más que nada por cubrir el expediente.
– ¿El apartamento es tan extraño como el inquilino? -pregunto Þóra.
– No, es de lo más normal -respondió Matthew mientras metía en la cerradura de la puerta exterior una de las dos llaves. Las llaves colgaban de un llavero de acero con la bandera islandesa, y Þórá sacó la conclusión de que el llavero había sido adquirido, especialmente para aquellas llaves, en una de las tiendas para turistas del centro. No le resultaba fácil imaginarse a Harald en ese tipo de tiendas, rodeado de jerséis de lana y cosas por el estilo-. Si es tan amable -dijo Matthew al abrir la puerta.
Antes de que Þóra llegase a poner un pie dentro, apareció por la esquina una mujer joven que se dirigió a ellos en un inglés impecable.
– Disculpen -dijo tapándose bien con la rebeca para protegerse del frío-. ¿No serán ustedes parientes de Harald?
A juzgar por la ropa de la mujer, Þóra llegó a la conclusión de que debía de haber salido del otro apartamento. Matthew le alargó la mano y dijo en inglés:
– Sí, claro, hola, nos conocimos cuando fui a su casa a recoger las llaves, soy Matthew.
– Sí, eso me pareció -dijo la mujer; le estrechó la mano y sonrió. Era muy elegante, delgada, con el cabello y la cara bien cuidados, saltaba a los ojos que le sobraba el dinero. Cuando sonrió, Þóra pudo comprobar que a lo mejor no era tan jovencita como le había parecido al principio, pues la sonrisa dibujó numerosas arrugas alrededor de sus ojos y su boca. La mujer dio la mano a Þóra-. Hola, me llamo Guðrún -dijo, y añadió-: Mi marido y yo éramos los caseros de Harald.
Þóra se presentó y devolvió la sonrisa.
– Solo veníamos a echar un vistazo. No sé cuánto tardaremos.
– Oh, perfecto -se apresuró a decir la mujer-. Solo vine a preguntar si tenían alguna idea de cuándo van a dejar libre el piso. -Sonrió otra vez, ahora como pidiendo disculpas-. Ya nos han preguntado varias personas, ya comprenden.
Þóra no lo comprendía del todo pues, por lo que sabía, la familia Guntlieb seguía pagando el alquiler y no debería estar nada mal alquilar un piso de aquel valor sin tener que padecer molestia alguna por parte del inquilino. Se volvió hacia Matthew, quien probablemente podría responder a la mujer.
– Desgraciadamente no podrá ser de inmediato -respondió lacónico-. El contrato sigue en vigor, creo que se lo comenté la última vez que hablamos del tema.
La mujer se apresuró a disculparse.
– Sí, claro, claro… no me malinterprete… sigue en vigor. Simplemente nos gustaría saber cuándo cree la familia que podrá dejarlo libre. Esta propiedad es bastante cara y no siempre se pueden encontrar inquilinos que paguen un precio tan alto. -La mujer miró apurada a Þóra-. Es que tenemos una oferta de una empresa de exportación que es tan buena que resulta difícil rechazarla. Necesitan el piso en un plazo de dos meses, por eso les pregunto cuánto tiempo necesitarán. Ya comprenden a qué me refiero.
Matthew asintió con la cabeza.