– Comprendo sus problemas pero por desgracia no puedo prometerle nada por el momento -dijo-. Todo depende de lo que hagamos con las pertenencias de Harald. Quiero asegurarme de que no vaya a parar a un cajón alguna cosa que pueda resultar de importancia en el caso.

La mujer, que había empezado a temblar de frío, movió enérgicamente la cabeza para mostrar su asentimiento.

– Si puedo hacer yo algo para aligerar el asunto, hágamelo saber, por favor. -Le dio la tarjeta de una empresa de importación que a Þóra le resultó completamente desconocida. En ella podía leerse el nombre de la mujer y su número de teléfono, incluyendo el del móvil. Þóra sacó su propia tarjeta del bolsillo y se la dio a la mujer.

– Tome también la mía, y llámeme si usted o su marido recuerdan algo que pudiera sernos útil. Estamos intentando averiguar quién asesinó a Harald.

La mujer abrió mucho los ojos, asombrada.

– ¿Y qué hay del hombre que detuvo la policía?

– Tenemos nuestras dudas de que sea el asesino -respondió Þóra como sin darle importancia. Notó que al oír aquello la mujer se estremeció. Se apresuró a añadir-: No creo que tenga usted por qué preocuparse: sea quien sea, no creo que se le ocurra venir por aquí -sonrió.

– No, no era por eso -dijo la mujer precipitadamente-. Es sólo que creía que ya se había terminado todo.

Se despidieron y Þóra y Matthew entraron en el edificio. En el vestíbulo se encontraron con una escalera pintada de blanco que subía al segundo piso, donde estaba el apartamento. Había otra puerta más y Matthew le dijo que daba a un lavadero compartido. Subieron por la escalera y Matthew abrió la puerta del apartamento con la segunda llave del llavero de la bandera. Lo primero que le llamó la atención a Þóra al entrar fue que Matthew había sido bastante poco fiel a la realidad al decirle que el apartamento era «de lo más normal». Þóra miró extrañada a su alrededor.

<p id="_Toc166678642">Capítulo 8</p>

Gunnar Gestvík, decano de la Facultad de Historia de la Universidad de Islandia, se dirigía con ágiles zancadas hacia el despacho de la presidenta del Instituto Árni Magnússon, y al pasar saludó con una inclinación de cabeza a un joven historiador que se cruzó en su camino. El joven sonrió azorado y Gunnar vio reafirmada de ese modo su recién ganada popularidad dentro de la universidad y sus diversos departamentos. Al parecer no había mucha gente capaz de olvidar que fue a él a quien se le vino encima el cadáver de Harald Guntlieb, o que no recordasen el shock nervioso que resultó de aquel hallazgo. Nunca había sido tan popular, si podía expresarse así, aunque muy pocos de los que se aventuraban a buscar ahora su compañía pudieran llamarse exactamente amigos. Aquella situación tendría que pasar, naturalmente, pero sólo Dios sabía lo harto que estaba ya de tener que responder a tantas preguntas idiotas de tanta gente sobre aquel suceso, preguntas que no obedecían nada más que a pura curiosidad. En cuanto juntaban fuerzas para preguntarle algo, se les ponía cara de asco. Era un gesto destinado a indicar a la vez tristeza por la temprana pérdida de un hombre joven y compasión por Gunnar, pero el resultado era invariablemente muy diferente. En los rostros de la gente se leía única y exclusivamente interés por lo morboso y alegría porque aquello le hubiera pasado a otro en vez de a ellos mismos. ¿Quizá habría debido seguir el consejo del rector y tomarse dos meses de permiso para investigar? Vaya, no estaba seguro. Seguramente, con el paso del tiempo, la gente acabaría por perder casi todo el interés, pero por otro lado el interés florecería de nuevo en cuanto el caso llegase a los tribunales. Entonces tendría que posponer lo irremediable y tomarse unos días libres. Así daría pie a interminables habladurías de que estaba tratándose de los nervios, que estaba en casa borracho como una cuba, o cosas aún peores. No, seguramente rechazar el permiso y dejar que las cosas pasaran era la decisión correcta. Al final la gente se cansaría del tema y todos volverían otra vez a no hacerle caso alguno.

Gunnar llamó suavemente a la puerta de la directora, María Einarsdóttir, más por una cuestión de cortesía que por otro motivo, pues abrió nada más llamar, sin esperar respuesta indicándole si podía pasar. María estaba al teléfono, pero con un movimiento de la mano dio a entender a Gunnar que se sentara, lo que éste hizo. Se sentó y esperó impaciente mientras ella concluía su conversación telefónica, que parecía tener que ver con un pedido de tóner para impresoras, el cual no había sido entregado aún.

Перейти на страницу:

Похожие книги