En el cuarto de baño había poco que recordase las aficiones del anterior inquilino de la vivienda, a diferencia de las demás estancias. Las pocas cosas que había estaban colocadas de forma muy sistemática en estantes sin puerta… todo de diseño. Þóra se miró en el inmaculado espejo que había encima del lavabo y se pasó los dedos por el pelo para mejorar un poco su aspecto. Se percató de un cepillo de dientes en uno de los estantes. Parecía completamente nuevo. Miró críticamente a su alrededor. Tenía que haber en el piso otro cuarto de baño que fuera el que usaba Harald, éste estaba demasiado impoluto. No podía ser de otro modo.
Cuando volvió al escritorio, Þóra se detuvo en el umbral y dijo:
– Tiene que haber otro baño en este piso.
Matthew levantó la mirada, extrañado.
– ¿Qué quiere decir?
– El baño del pasillo está prácticamente sin usar. Es totalmente imposible que no tuviera ni siquiera hilo dental en un bote que desentonara con los colores de la decoración.
Matthew le sonrió.
– Pues vaya. Y luego dice usted que no sabe de registros. -Señaló en dirección a la parte de la vivienda que habían atravesado antes-. Del dormitorio sale una puerta. Ése es el baño.
Þóra dio media vuelta. Recordaba la puerta, que había pensado que daría a un vestidor, y quiso ver qué aspecto tenía aquel cuarto de baño. Además, no le apetecía lo más mínimo sentarse a seguir mirando papeles. Sonrió al entrar en el aseo. No había bañera, sólo ducha, pero por lo demás era como cualquier cuarto de baño de una casa normal. Había toda clase de artículos de aseo desperdigados sobre el lavabo. Echó un vistazo al interior de la ducha. En un estante de plástico pegado a la pared había dos frascos de champú, uno boca abajo, maquinilla de afeitar, jabón usado y un tubo de pasta de dientes. En los grifos colgaba una especie de frasco de marca «Shower Power». Aquello se acercaba mas a lo que esperaba encontrar, y sintió cierto alivio. Lo que más la alegró fue el montón de revistas al lado del inodoro: nada más típico de las personas que viven solas. La curiosidad la empujó a comprobar qué tipo de revistas leía Harald, y echó un vistazo a las del montón. Era un muestrario de lo más variado: unas cuantas revistas de coches, una de historia, dos ejemplares del
– Lo sabía -dijo Þóra, segura de su triunfo, cuando volvió.
– Yo también lo sabía -respondió Matthew-. Pero no sabía que usted no lo supiera.
Þóra iba a contestarle algo cuando sonó su móvil. Lo sacó del bolsillo.
– Mamá -dijo la vocecita de su hija Sóley-. ¿Cuándo vienes?
Þóra miró el reloj. Era más tarde de lo que había imaginado.
– Ya muy pronto, corazón. ¿Pasa algo?
Silencio, y después:
– No, no. Pero me aburro, Gylfi no quiere hablar conmigo. No hace más que saltar en su cama y no quiere dejarme entrar.
Þóra no conseguía hacerse una idea demasiado clara de la situación, pero resultaba evidente que Gylfi no era tan buen canguro como debería.
– Escucha, corazón -dijo suavemente por el teléfono-. Iré a casa enseguida. Dile a tu hermano que deje de hacer el tonto y que te haga caso.
Se despidieron y Þóra volvió a dejar el teléfono en su bolso. Allí se topó con la nota con las preguntas que quería hacerle a Matthew sobre los informes de la carpeta. La sacó y la abrió.
– Quería preguntarle algunas cosas más o menos relacionadas con los documentos que había en la carpeta.
– ¿Más o menos? -dijo él, molesto-. Espero que sea más que menos… aunque sea poco. Suéltelas.
Þóra miró con cierto recelo la lista. Demonios, ¿tantas eran las cosas de las que no se había enterado? Intentó aparentar frialdad.
– Se trata de las cuestiones más importantes, los detalles eran demasiados para anotarlos todos. -Le sonrió y continuó-. Por ejemplo, el ejército. ¿Por qué se han incluido en la carpeta esos documentos? ¿Y estaba Harald realmente demasiado enfermo para terminar el servicio militar?
– El servicio militar, ya. Lo incluí simplemente para que pudiera hacerse la mejor idea posible de la vida de Harald. Quizá carezca de toda relevancia, pero nunca se sabe dónde se pueden juntar los hilos.
– ¿Cree que el crimen pueda tener alguna relación con el ejército? -preguntó llena de dudas.
– No, en absoluto, eso sin duda -respondió Matthew. Se encogió de hombros-. Claro que en lo referente a Harald nunca se puede decir nada definitivo.