– Pero ¿por qué entró en el ejército? -preguntó Þóra-. A juzgar por lo que se cuenta de él, más bien parece que estaría en contra de todo lo que tuviera que ver con el ejército, en vez de aceptar hacer la mili.
– Tiene toda la razón. Le llamaron a filas y en circunstancias normales habría decidido, sin duda, prestar el servicio social sustitutorio. ¿Sabe que se puede optar por eso? -Ella asintió-. Pero no lo hizo. Su hermana Amelia había muerto muy poco tiempo antes y a él le afectó mucho. No pretendo insinuar que tomara esa decisión en una crisis psicológica. Era a comienzos de 1999 y en noviembre o diciembre de ese año se había decidido enviar tropas a Kosovo. Harald fue con una sonrisa en los labios. No conozco los detalles de su permanencia en el ejército, pero sé que se consideraba un soldado ejemplar, recio y duro consigo mismo. Por eso vio el cielo abierto con la oportunidad de ir a Kosovo con el ejército.
– ¿Y? -preguntó Þóra.
Matthew esbozó una sonrisa.
– Es una historia bastante jodida… digamos. Sobre todo si se piensa que esa expedición a Kosovo fue la primera que realizaba el ejército alemán desde la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces, los militares alemanes solamente habían salido de Alemania para servir en misiones de paz. Por eso era de la máxima importancia que nuestros soldados fueran un ejemplo para los demás.
– Y Harald no lo era, ¿no? -preguntó Þóra.
– Sí que lo era, sí. Quizá lo único que pueda decirse es que tuvo
Þóra abrió mucho los ojos.
– ¿Torturó a aquel hombre?
– Dejémoslo en que el serbio habría estado encantado de caer en manos de los que hicieron la pirámide de Abu Ghraib. No voy a hablarle del escándalo que se formó, pero el resultado fue como una escena de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, en comparación con lo que aquel desdichado tuvo que padecer esa noche. En el cambio de guardia, a la mañana siguiente, Harald había conseguido sacarle a aquel hombre todo lo que sabía… e incluso más. Pero en lugar de la condecoración de la que, según estaba convencido, se había hecho acreedor, Harald fue expulsado del ejército al momento… en cuanto sus superiores vieron en el suelo del calabozo aquel despojo bañado en su propia sangre. Naturalmente se silenció el asunto, no era una noticia recomendable. En todos los documentos oficiales se indicó que Harald había causado baja en el ejército por motivos de salud.
– Y entonces, ¿cómo lo sabe usted? -preguntó Þóra, contenta de poder preguntar por algo relativamente normal.
– Conozco a los hombres -respondió Matthew con gesto de broma-. Así que tuve una charla con Harald en cuanto volvió de Kosovo. Era un hombre distinto, eso se lo puedo asegurar. Si fue por la experiencia en el ejército o por el sabor a sangre que tenía en la boca, eso no lo sé. Se volvió todavía mucho más extraño que antes.
– ¿En qué sentido? -preguntó llena de curiosidad.
– Simplemente, más extraño -respondió Matthew-. De aspecto y de conducta. Cierto que después de aquello entró enseguida en la universidad: huyó de casa para que no se le pudiese ver con la misma frecuencia que antes. Por las pocas ocasiones en que nos encontramos, quedaba perfectamente claro que había entrado en una espiral… descendente. Seguramente no mejoró nada la situación el que su abuelo muriese poco después, pues habían estado muy unidos.
Þóra no sabía qué decir. Harald Guntlieb no era una persona normal, desde luego. Miró el papel y pensó en preguntar por lo de la víctima del sexo con asfixia de la que se hablaba en el recorte de prensa. Pero estaba ya más que harta de todo aquello. Miró el móvil y vio que ya era bastante tarde.
– Matthew, tengo que irme a casa. Mi lista no se ha acabado, pero de momento tengo suficiente para ir digiriéndolo.
Ordenaron por encima lo que habían desordenado en el estudio. Tuvieron especial cuidado en no alterar los montones de papeles que habían estado examinando. La idea de volver a pasar por todo aquello resultaba insoportable.