Cuando Þóra estaba colocando el último montón de papeles en un lado, con mucho cuidado, se dio la vuelta hacia Matthew y preguntó:

– ¿Harald no había hecho testamento? Porque sus propiedades eran más que numerosas.

– Sí, sí que dejó testamento… además hace bastante poco -respondió Matthew-. Siempre lo había tenido, pero lo cambió a mediados de septiembre. Hizo un viaje ex profeso a Alemania para reunirse con el abogado de la familia Guntlieb y rehacerlo. Pero en realidad nadie sabe cuáles son los términos.

– ¿Y eso? -preguntó Þóra, extrañada-. ¿Por qué no?

– Tenía dos partes, con instrucciones de que la segunda se abriese en primer lugar. Y resultó que decía que la otra parte no podría abrirse antes de que estuviese sepultado… lo que aún no ha sido posible, por el estado del caso.

– ¿Y eso fue lo único que incluía? -preguntó Þóra.

– No, había también instrucciones sobre dónde quería que lo enterraran.

– ¿Y dónde era?

– En Islandia… Lo que resulta un tanto extraño habida cuenta del poco tiempo que llevaba aquí. Parece que el país le había tocado alguna cuerda del alma. Otra cosa que figuraba allí es que sus padres tendrían que estar presentes en el entierro y permanecer junto a la fosa al menos diez minutos, a los pies del ataúd, cuando éste se encontrara ya en el agujero. Si no se hacía así, todos sus bienes irían a un pequeño local de tatuajes de Munich.

Þóra preguntó por qué:

– ¿Pensaba que no lo cumplirían, acaso?

– Evidentemente -dijo Matthew-. Pero fue muy hábil al poner esa condición: a sus padres no les apetecería lo más mínimo aparecer en los periódicos porque su hijo hubiera donado una enorme suma de dinero a un taller de tatuajes.

– ¿Cree que son ellos los herederos? -preguntó Þóra-. Es decir, si cumplen las condiciones.

– No -respondió Matthew-. Eso les resultaría más bien indiferente: lo que no quieren es acabar en la prensa amarilla. No, creo que la heredera de buena parte de sus bienes será su hermana Elisa. Aunque una parte del dinero irá a alguien de este país: el abogado lo dio a entender muy claramente cuando se le preguntó. La última parte del testamento tiene que abrirse en Islandia, de acuerdo con las instrucciones de Harald.

– ¿Y quién puede ser? -preguntó Þóra con curiosidad.

– Ni idea -respondió Matthew-. El que sea, o la que sea, tendría al menos un buen motivo para matar a Harald… si lo hubiera sabido, claro está.

Þóra se sintió aliviada cuando salieron de la vivienda. Estaba cansada y deseaba ir a casa con sus hijos. Sin embargo, se sentía algo inquieta. Tenía la sensación de haber pasado por alto alguna cosa. Pero por mucho que intentó hacer memoria cuando estaba ya sola en el coche del taller, no lo consiguió. Y cuando detuvo el vehículo en la entrada de su casa, lo que fuera estaba ya completamente olvidado.

<p id="_Toc166678646">Capítulo 12</p>

El divorcio no implica solamente ventajas. Þóra tenía ya claro desde hacía tiempo que también acarreaba inconvenientes. Por ejemplo, antes la familia la llevaban dos personas y ahora una sola. Antes era de lo más sencillo cubrir gastos y costearse las comodidades, o por lo menos Þóra no recordaba haber tenido las dificultades habituales al dejar de ser estudiante pobre para convertirse en asalariada. Pero otra cosa muy distinta fue cuando sus caminos se separaron, como pudo comprobar enseguida. Hannes, su ex marido, era especialista en medicina de urgencias: en otras palabras, tenía un buen empleo y un sueldo elevado. Con el divorcio, Þóra se había visto obligada a abandonar muchas cosas que había llegado a considerar incuestionables. Ahora ya no era tan habitual salir a cenar, viajar de vacaciones al extranjero, comprar ropa cara u otras cosas que caracterizan la vida de quienes no tienen que preocuparse por el dinero. A pesar de que las desventajas no atañían solamente a los temas económicos (la no-vida sexual acudía inmediatamente a la mente de Þóra), lo que más echaba de menos era la mujer que iba a su casa dos veces por semana a limpiar. Cuando Þóra y Hannes se separaron, había tenido que decirle que no volviese, porque las cuentas ya no le cuadraban. Por eso ahora se encontraba al lado del armarito de los trastos de limpieza intentando volver a cerrarlo sin dañar la aspiradora, que no hacía más que moverse impidiendo que la puerta se cerrase. Finalmente lo consiguió, y suspiró aliviada. Había estado pasando la aspiradora por todos los suelos de una amplia vivienda de doscientos metros cuadrados y estaba bastante satisfecha de sí misma.

– ¿No tienen un aspecto completamente distinto? -le preguntó a su hija Sóley, que se hallaba en la cocina, enfrascada dibujando.

La niña levantó la vista.

– ¿El qué? -preguntó con curiosidad.

– Los suelos -respondió Þóra-. Acabo de pasar la aspiradora. ¿No han quedado bien?

Sóley miró al suelo debajo de ella y luego a su madre.

– Te olvidaste este sitio. -Señaló con un lápiz verde de cera una manchita debajo de una de las patas de la silla en la que estaba sentada.

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