La lectura se alargó hasta bien entrada la madrugada, de ahí que Þóra se despertase con sueño y con la cabeza pesada. Pasó mucho tiempo estudiando la hoja de papel que había caído del libro, y que parecía contener una colección variopinta de palabras y años, escrita a mano. Supuso que habría sido Harald quien había anotado lo que había en la hoja: al menos, el libro en el que estaba metida era suyo. Además, parte del texto estaba en alemán. No había sido especialmente cuidadoso con la caligrafía, de ahí que Þóra no estuviese nada segura de haber leído correctamente todas las palabras. Lo primero que leyó fue:
Leer el
Las historias y explicaciones de los actos y las intenciones de los brujos eran completos absurdos. Las fuerzas de esos personajes no tenían límite: entre otras cosas eran capaces de convocar a animales salvajes, podían volar, transformar a los hombres en toros u otros animales, causar impotencia y hacer que el miembro sexual de los hombres se soltara del cuerpo. Se gastaba una considerable cantidad de energía en argumentar si la susodicha pérdida del miembro era mera alucinación o pérdida real. La lectura no le dejó claro a Þóra cuál era la conclusión de los autores. Para adquirir tales poderes, los brujos tenían que dedicarse a ocupaciones como quemar y (o) devorar niños y tener relaciones sexuales con el diablo en persona. Þóra no era psicóloga, pero la lectura la convenció de que los autores se resentían de la santa castidad a la que se veían obligados como monjes negros. Todo ello quedaba claramente de manifiesto en sus comentarios sobre las mujeres. La misoginia chorreaba por todas y cada una de las explicaciones, y Þóra se hartó. Las razones aducidas para explicar lo perversas y demoniacas que eran las mujeres resultaban absolutamente absurdas, entre otras cosas se mencionaba que la costilla de Adán, que se utilizó para formar a la primera mujer, estaba curvada hacia dentro, lo que tenía como consecuencia toda una serie de desviaciones. Según esta argumentación, las mujeres serían perfectas si Dios hubiese utilizado el fémur. Todas estas cosas iban dirigidas a convencer al lector de que las mujeres eran presa más fácil del demonio, de ahí que la mayoría de los brujos fueran mujeres. Las mujeres pobres recibían una buena somanta adicional: eran mentirosas y unas piltrafas, al tiempo que seres poderosos. A Þóra le costó imaginar lo que representaría el ser una mujer pobre en aquellos tiempos.