Bríct llegaba a tiempo a la clase que empezaba a las ocho y cuarto, pero Gunnar, el decano, la detuvo cuando estaba a punto de entrar en el aula. Después de hablar unas palabras con ella, desapareció toda posibilidad de llegar a la hora. En lugar de entrar en el aula, se dirigió a toda prisa hacia las escaleras y salió del edificio para fumar. Tenía que calmarse un poco… además, debía llamar a los demás para contarles la noticia. Dio una profunda calada a su cigarrillo verde mentolado, un tipo que a Marta Mist le parecía tan ridículo y tan flojo que decía que Bríet habría podido afirmar con pleno convencimiento que no fumaba. Marta Mist prefería el Marlboro y mientras Bríet marcaba su número de teléfono, confiaba en que su amiga tendría cigarrillos suficientes… le harían falta.
– Hola -dijo precipitadamente en cuanto contestaron al otro lado-. Soy Bríet.
– Qué tempranito llamas. -La voz de Marta Mist estaba ronca; evidentemente, Bríet la había despertado.
– Tienes que bajar a la uni: el Gunnar ese anda como loco y dice que va a hacer todo lo que haga falta para que nos expulsen de la universidad con deshonor, como una puta mierda, si no hacemos lo que nos dice.
– Pero qué estupidez es ésa. -La voz de Marta Mist indicaba que ahora ya estaba perfectamente despierta.
– Tenemos que llamar a los demás y decirles que vengan. Yo no estoy dispuesta a que me echen de la universidad. Mi padre se pondrá hecho una furia y me quedaré sin beca.
– Cálmate un momento -la interrumpió Marta Mist-. ¿Cómo cree Gunnar que nos va a echar de la universidad? Yo no sé tú, pero mis notas están todas perfectamente.
– Dice que va a presentar al claustro una queja por consumo de drogas… dice que tiene bastantes cosas en el saco. Así podría echarnos a Brjánn y a mí inmediatamente, y luego se encargará de que os hagan lo mismo a ti, a Andri y a Dóri. Tendremos que hacer lo que dice. Por lo menos, yo no estoy dispuesta a jugármela. -Bríet estaba enardecida. ¿Qué le pasaba a Marta Mist?… ¿nunca sería capaz de hacer lo que se le decía?
– ¿Qué quiere que hagamos? -El nerviosismo de Bríet había hecho mella en Marta Mist.
– Quiere que hablemos con unos abogados que trabajan para los padres de Harald. Desean tener una reunión con nosotros, y Gunnar está empeñado en que colaboremos. Lo cierto es que dijo que no era tan tonto como para creer que íbamos a decir la verdad en todos los extremos, aunque a él le daba lo mismo… bastaba con que habláramos. -Dio una fuerte calada y dejó escapar una espiral de humo. Le pareció oír que había alguien con Marta, que preguntaba qué pasaba.
– Vale, vale -dijo Marta Mist-. ¿Qué hacemos con los demás? ¿Ya les has llamado?
– No, tienes que ayudarme tú. Quiero acabar con esto… nos reunimos todos a las diez y nos quitamos este asunto de encima. Hoy tengo que ir a clase.
– Yo hablo con Dóri. Tú llama a Andri y Brjánn. Nos vemos en la librería. -Marta Mist colgó sin decir nada más.
Bríet se quedó mirando el teléfono, enfadada. Claro que era Dóri el que estaba con Marta. Así que ella no tenía que telefonear a nadie… le dejaba a Bríet toda la faena, como de costumbre. Si se hubiera ofrecido a llamar a Andri o a Brjánn, pues estupendo. Bríet tiró destempladamente el cigarrillo, lo apagó en las escaleras y se puso en pie. Se fue en dirección a la librería mientras se dedicaba a localizar el número de Brjánn en su teléfono.
Desde la ventana de su despacho de Árnagarður, Gunnar vio a Bríet alejarse. «Estupendo», pensó; «les tengo bien agarrados por el cuello». Cuando se lanzó a hablar con la chica un rato antes, tuvo que usar todas sus fuerzas para no perder el ánimo. No tenía nada contra aquella gente: ni siquiera la convicción de que estuvieran metidos en drogas y Dios sabe en qué cosas más. Cuando se ofreció a ir con ellos a la reunión con la abogada, en realidad lo hizo sin intención de cumplir: hasta entonces aquellos chicos no habían hecho nunca el menor caso de lo que les decía, por eso no esperaba que aceptasen ahora con tanta facilidad. Así que echó mano de las amenazas… Tenía que ser algo que les importara, y al parecer su artimaña había resultado.
Aquel grupo siempre le había sacado de sus casillas. Harald parecía el peor, pero los demás no le iban demasiado a la zaga. Claro que lo importante era que su aspecto externo no les había deformado la inteligencia. Cuando se le metió entre ceja y ceja librarse de aquella estupidez que llamaban «sociedad histórica», expulsándolos de los locales de la facultad, revolvió Roma con Santiago y descubrió, con gran asombro, que algunos de ellos eran alumnos de sobresaliente.