– Hablas como si fuerais una sola persona -dijo Matthew-. Hemos charlado con Hugi Þórisson, al que, naturalmente, todos conocéis, y según él eras tú, Halldór, el más cercano a Harald… le ayudabas con traducciones y demás. -Se dirigió a Dóri, que estaba sentado pegado a Marta Mist-. ¿No es así?
Dóri levantó los ojos.
– Sí, sí, íbamos juntos bastante. Harald tenía problemas con los documentos islandeses y eso, y yo le echaba una mano. Eramos buenos colegas. -Se encogió de hombros para dar a entender que su amistad había sido de lo más normal.
– También eres buen colega de Hugi, ¿no? -preguntó Þóra.
– Claro que sí. Somos amigos desde la infancia -dijo Dóri mirando al suelo. Dejó que el flequillo le cayera sobre los ojos con un rápido movimiento de la cabeza, para evitar el contacto ocular.
– Entonces está completamente en tu propio interés que podamos aclarar lo que sucedió. Un amigo tuyo ha sido asesinado y otro amigo es sospechoso del asesinato. Habría que pensar que tendrías que estar ansioso de poder ayudarnos. ¿No es cierto? -Matthew sonrió a Dóri, pero la sonrisa no llegó hasta sus ojos. Miró a los otros jóvenes-. Y vosotros… naturalmente, lo mismo puede decirse de vosotros, ¿o no?
Todos los del grupo indicaron su conformidad musitando «sí, claro» hacia el cuello de sus camisas, o con una inclinación de cabeza.
– Bien. -Matthew se golpeó el muslo-. Pues ya estamos listos. Excepto en lo referente a por dónde empezar, claro. -Miró a Þóra-. Þóra, ¿quizá querrías romper tú el hielo?
Ella sonrió y se volvió hacia los jóvenes.
– ¿Qué tal si nos contáis cuándo conocisteis a Harald y cómo se creó esta sociedad vuestra para estudios de magia? Todo ese asunto nos resulta de lo más misterioso.
El grupo miró a Marta Mist con la esperanza de que fuera la primera en hablar. Pero ella envió la pregunta a Dóri con un codazo que a Þóra le pareció innecesariamente violento. Éste hizo una mueca pero respondió.
– ¿Cómo nos conocimos? La primera vez que vi a Harald fue con Hugi, el año pasado. Se habían citado en un bar del centro. Me pareció simpático y muy distinto a Hugi, y a partir de entonces empezamos a tratarnos como de lo más normal. Salíamos a comer y de bares y a conciertos y cosas de ésas. Harald nos pregunto un día si nos apetecía entrar en una asociación que estaba intentando crear y le dijimos que sí. Así nos conocimos.
Marta Mist tomó la palabra.
– Yo entré en la asociación a través de Bríet. Ella había conocido a Harald en la uni y quería que fuese con ella para ver de qué iba el rollo. -Bríet asintió en señal de conformidad.
– ¿Y vosotros? -Þóra se dirigió ahora a Andri y Brjánn, que estaban sentados uno al lado del otro, fumando.
– ¿Nosotros? -preguntó Andri pesadamente, atragántandose con el humo que había olvidado echar.
– Sí -respondió Þóra-. Vosotros dos. -Se dirigió a ellos dos para que no cupiese la menor duda. Brjánn levantó el guante.
– Yo estoy en Historia y conocí la asociación de la misma forma que Bríet… antes había charlado un par de veces con Harald y me invitó a participar. Yo metí a Andri en el invento ese. -El mencionado Andri se limitó a sonreír como un tonto.
– ¿Y de qué iba la asociación, si no os importa que lo pregunte. Teníamos entendido, por lo que contó Hugi, que se trataba más que nada de orgías… disfrazadas de reuniones de interesados en magia.
Los tres chicos sonrieron como idiotas, pero Marta Mist puso muy mala cara antes de decir, ofendida:
– ¿Orgías? No iba de orgías. Estábamos estudiando magia y la cultura de la brujería del pasado. No son estudios tan extraños, a fin de cuentas, y son realmente interesantes. Que acabáramos las reuniones con un poco de diversión no afecta al asunto, Hugi sigue tan fuera de onda como el primer día. Era un completo inútil en todo lo referente a la asociación. -Se echó hacia atrás y cruzó los brazos. La cara de enfado seguía en su sitio. Clavó los ojos en Matthew y Þóra, irritada-. Naturalmente, vosotros no tenéis ni idea de qué es eso, como les pasa a los demás… seguro que pensáis que nos dedicábamos a descabezar gallinas y a clavar alfileres en muñecos que nos hacíamos nosotros mismos.
– ¿Y no querríais enseñarnos la verdad de la brujería? -preguntó Matthew.
Marta Mist soltó un profundo suspiro.
– No me da la gana hacer de profesora. Os basta con comprender que la magia no es nada más que un intento de la gente para gobernar sus propias vidas con independencia… por lo menos, con independencia a ojos de sus contemporáneos. En su época, era de lo más normal. Consistía principalmente en realizar ciertas acciones para que las cosas sucedieran en provecho de uno… a veces a costa de otros, a veces no. Mi opinión es que cuando se llega a sentir la necesidad de practicar la magia, se da un paso en dirección a una meta determinada, lo que hace crecer la determinación de la persona por lograrla, y eso mismo facilita su consecución.
– ¿Puedes darme un ejemplo de uno de esos objetivos? -preguntó Þóra.