– Sabrás que lo único que buscamos es la verdad. No estamos pensado la estupidez de que pudieseis estar involucrados vosotros -aclaró Þóra para romper el silencio y aliviar la opresiva atmósfera-. En realidad estamos de acuerdo contigo en los puntos principales del caso: que Hugi es inocente o que por lo menos si está donde está no es solamente por las pruebas objetivas que le acusan.
Dóri no la miró.
– Yo no me creo que Hugi le haya matado -dijo en voz baja-. Todo eso es una imbecilidad.
– Obviamente, estimas mucho a tu amigo -respondió ella-. Si quieres ayudarle, lo mejor es que no nos ocultes nada. Recuerda que tu amigo no puede esperar apoyo de nadie más que de nosotros.
– Huh -masculló Dóri, pero no dio ninguna otra pista de si estaba o no dispuesto a ayudarles.
Matthew volvió y se repanchingó en el sillón. Observó a Þóra pensativo durante un rato.
– Menudo grupito tan raro al que te has juntado. Mientras salían, las chicas no parecían muy dispuestas a darse abrazos y besos.
Dóri se encogió de hombros.
– Estos días andan un poco enfadadas.
– Tú lo has dicho. Bueno, ¿qué tal si entramos en faena? -preguntó Matthew.
– A mí me da igual -respondió el chico-. Vosotros preguntad, yo intentaré responder. -Se estiró para coger un cigarrillo y lo encendió. Þóra se dio cuenta de que le temblaban las manos.
– Bien, amigo -dijo Matthew en tono paternal-. Nos interesan bastantes cosas en las que, sin duda, tú puedes ayudarnos. Una de ellas es en qué gastaba Harald el dinero, y otra es su investigación histórica, en la que tú le ayudabas. ¿Qué puedes decirnos sobre el asunto del dinero?
– ¿El asunto del dinero? Yo no estaba metido en eso, si es lo que pensáis. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que estaba forrado. -Dóri señaló a su alrededor y se encogió de hombros-. No hay muchos estudiantes que vivan en una casa como ésta, si es que hay alguno. Y su coche tampoco era ninguna tontería, y solía comer fuera muy a menudo. Desgraciadamente no es un tren de vida que pudiéramos permitirnos los demás.
– ¿Salía a comer solo? -preguntó Þóra-. Ya que los demás erais unos pobres estudiantes.
La pregunta resultó visiblemente incómoda.
– Sí, a veces -dio una calada-. A veces iba yo con él. Él pagaba.
– De forma que te llevaba con él y pagaba la cuenta, ¿es eso? -preguntó Matthew, y Dóri asintió con un movimiento de cabeza-. ¿Más veces que las que iba solo, o no? -Dóri volvió a asentir-. ¿Qué más cosas pagaba por ti?
Un repentino interés por el cenicero se apoderó de Dóri, apartó la mirada de ellos y fijó la vista en el objeto como si allí pudiera encontrarse la respuesta a la pregunta.
– Bueno, pues cosas.
– Eso no es una respuesta -dijo Þóra con tranquilidad-. Cuéntanoslo… no estamos aquí para juzgaros ni a ti ni a Harald.
Una breve pausa, y entonces:
– Me lo pagaba todo, joder. El alquiler, los libros de estudio, la ropa, taxis. La mierda. Pues eso, todo.
– ¿Por qué? -preguntó Matthew. Dóri se encogió de hombros.
– Harald decía que el dinero era suyo y que hacía con él lo que le daba la gana… no estaba dispuesto a renunciar a lo que le apetecía sólo porque sus amigos estuvieran sin blanca. A mí aquello me resultaba más bien incómodo, pero estaba sin un céntimo y era divertido salir con él. Pero nunca hubo ningún mal rollo. Yo intentaba devolverle el favor ayudándole con las traducciones y eso.
– ¿Y eso qué? -preguntó Matthew.
– Nada. -El rubor de las mejillas de Dóri se acentuó-. No había nada sexual, si eso es lo que pensáis. Ni yo ni Harald éramos, somos, de ésos. A los dos nos iban las chicas.
Þóra y Matthew se miraron. Aquellos gastos de los que hablaba Dóri no eran más que calderilla en comparación con la cantidad desaparecida.
– ¿Sabes algo de una gran inversión en la que Harald metió dinero justo antes de su asesinato? -preguntó Matthew.
Dóri levantó los ojos. El gesto de su rostro indicaba a todas luces que lo que iba a decir era la verdad.
– No, ni idea. Nunca habló de nada parecido. En realidad, la semana anterior no nos vimos prácticamente nada… él estaba liado con algo y yo estaba intentando ponerme al día en la facultad.
– ¿No tienes idea de en qué andaba metido y por qué no se citó con vosotros durante aquellos días? -interrumpió Þóra.
– No, hablé con él por teléfono varias veces pero no estaba de humor para hacer nada. No sé el motivo.
– De modo que cuando le asesinaron llevabas sin verle unos cuantos días, ¿no? -preguntó Matthew.
– Eso es… sólo hablamos por teléfono.
– ¿Y no te parece un poco raro, o acaso tenía la costumbre de encerrarse unos días y dejar de veros? -preguntó Matthew. Dóri se pensó la respuesta.
– Nunca lo había pensado, pero ahora que lo dices, no era tan extraño. Por lo menos ya lo había hecho antes, si recuerdo bien. Le pregunté qué pasaba pero dijo que necesitaba un tiempo para estar consigo mismo. Pero estaba de buen humor, y eso.