Después de mirar todo lo que quisieron, Þorgrímur subió con ellos al piso superior. En el camino pasaron junto a un cartel que advertía de la prohibición de sacar fotografías dentro del museo: el mismo que Þóra había visto en una de las fotos del ordenador de Harald. El guía les llamó la atención de un gran árbol genealógico en el que se representaban las relaciones de parentesco de las personas más destacadas de la brujería del siglo XVII. Les mostró cómo la clase dominante había situado espléndidamente a sus descendientes, algunos fueron gobernadores regionales, y señaló los que habían actuado como jueces. Después de mirar el árbol genealógico, Þóra tuvo que mostrarse de acuerdo con él. Matthew no prestó demasiada atención a aquello. Les dejó y fue a una vitrina en la que había copias de prontuarios de conjuros y otros manuscritos. Cuando Þóra y Þorgrímur llegaron hasta él, se hallaba inclinado sobre la vitrina.

– Es realmente increíble que se hayan podido conservar libros de brujería -dijo Þorgrímur señalando uno de los manuscritos.

– ¿Quiere decir por lo antiguos que son? -preguntó Þóra inclinándose para mirar.

– Sí, también, pero sobre todo porque ser hallado en posesión de uno de ellos significaba la sentencia de muerte -respondió Þorgrímur-. Algunos están copiados a mano de manuscritos más antiguos y ya muy deteriorados, de forma que los originales no son todos de los siglos XVI y XVII.

Þóra se incorporó.

– ¿Existe algún catálogo de los signos mágicos que se conocen?

– No, y es curioso. Nadie se ha puesto a ello, que yo sepa. -Con un movimiento circular de la mano atrajo la atención hacia sus palabras-: Aquí se exponen muchísimos signos, y éstas son sólo algunas páginas de los manuscritos y listas de conjuros… una exposición mínima. Así que pueden imaginarse la cantidad de signos que existen.

Þóra asintió con la cabeza. Demonios. Habría sido estupendo que Þorgrímur les hubiera referido alguna lista de signos en la que encontrar el signo de brujería desconocido. Se dispuso a mirar más manuscritos. El expositor estaba en mitad de la sala y se podía pasear alrededor de él. Enseguida, Matthew señaló algo con el dedo.

– ¿Qué signo es éste? -preguntó excitado, dando un golpecito sobre el cristal.

– ¿Qué signo, dice? -preguntó Þorgrímur mirando la vitrina.

– Éste -dijo Matthew, señalándolo de nuevo. Aunque Þóra tuvo que inclinarse sobre el expositor para ver lo que estaba indicando Matthew, fue más rápida que Þorgrímur en darse cuenta de cuál era el signo que tanto le había llamado la atención. Precisamente porque era uno de los pocos que conocía: el signo mágico grabado en el cuerpo de Harald-. ¡Demonios!-dijo en voz baja.

– ¿El de más abajo de la página? -preguntó Þorgrímur, indicando el signo.

– No -respondió Matthew-. El del margen. ¿Para qué se usaba?

– Puf, pues no lo sé -respondió el joven-. Desgraciadamente no se lo puedo decir. El texto de la página no tiene nada que ver con él… es un ejemplo de signo mágico que el dueño del libro añadió personalmente al margen. Era bastante frecuente, se encuentran signos de éstos en otros libros y manuscritos que no tienen relación directa con la magia.

– ¿De qué manuscrito es esto?

– Este manuscrito es del siglo XVII, propiedad del Real Instituto de Antigüedades de Estocolmo. Es conocido como Libro islandés de conjuros. Como es lógico, el autor es desconocido. Contiene una cincuentena de conjuros de diverso tipo… la mayoría son inocentes, destinados a proporcionar auxilio a la gente o a protegerlos de algo.

Se inclinó para leer el mismo texto que Þóra intentaba descifrar.

– Claro que hay varios mucho más tenebrosos… uno es, por ejemplo, un conjuro de muerte, destinado a matar a la persona contra la que se dirige. Uno de los dos conjuros amorosos que hay resulta igualmente bastante tétrico. -Levantó los ojos del expositor-. Qué curioso. Su amigo, Harald, mostró un especialísimo interés, precisamente, por esta parte del museo, los prontuarios y los manuscritos.

– ¿Preguntó por este signo en particular? -inquirió Matthew.

– No, que yo recuerde -respondió Þorgrímur, pero enseguida añadió-: En realidad, yo no soy especialista en este campo y no podía ayudarle demasiado… pero recuerdo que le puse en contacto con Páll, que es el verdadero director del museo. Él lo sabe todo sobre estos temas.

– ¿Cómo podemos localizarlo? -preguntó Matthew inquieto.

– Pues va a ser un problema… está en el extranjero.

– ¿Y? ¿No se le puede llamar por teléfono, o enviarle un correo electrónico? -preguntó Þóra, no menos sobre ascuas que Matthew-. Para nosotros es de extrema importancia saber lo que significa ese signo.

– Bueno, tengo su número de teléfono por alguna parte -respondió Þorgrímur, mucho más tranquilo que ellos-. Quizá sería mejor que le llamara yo primero… para explicarle el asunto. Después, él mismo puede ponerse en contacto con ustedes.

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