Þorgrímur volvió a la mesa del mostrador y sacó una agendita que se puso a hojear. Luego alargó una mano hacia el teléfono y marcó un número, procurando que ellos no lo viesen. Pasó un ratito hasta que empezó a hablar, de repente… sólo para dejar un mensaje en el buzón de voz.
– Lo siento. No responde. Supongo que llamará en cuanto reciba el mensaje… quizá esta noche, quizá mañana, quizá pasado. -Þóra y Matthew entregaron sus tarjetas a Þorgrímur sin hacer nada por disimular su decepción. Þóra le pidió que les informase en cuanto se pusiera en contacto con Páll. Él dijo que sí y colocó la tarjeta dentro de la agenda-. Y volviendo a su amigo, ¿no querían saber qué es lo que estuvo haciendo aquí? -preguntó finalmente.
– Sí, claro, desde luego -respondió Þóra-. Aparte de los manuscritos, ¿hubo algo que le interesara especialmente, o mencionó algo que estuviera buscando?
– Fueron sobre todo los manuscritos, si no recuerdo mal -dijo Þorgrímur pensativo-. En realidad, me hizo una oferta por el cuenco de sacrificios de ahí dentro… nunca llegué a estar del todo seguro de si bromeaba o no.
– ¿Cuenco de sacrificios? ¿Qué cuenco de sacrificios? -preguntó Matthew.
– Síganme… está justo aquí al lado. -Le siguieron hasta un cuartito donde había un cuenco de piedra, guardado en una vitrina de cristal en mitad del cuarto.
– Esto es un cuenco que se usaba en los sacrificios: se encontró cerca de aquí y la policía científica confirmó que contiene restos de sangre. Restos antiquísimos.
– Menudo mamotreto -dijo Þóra en voz alta-. ¿No podían haber hecho el cuenco de madera? -Aquel mastodonte de piedra pesaba sin duda una buena cantidad de kilos. Lo habían tallado para formar en el centro una concavidad.
– ¿Y no estaba en venta? -preguntó Matthew.
– No, de ninguna manera. Se trata del único objeto del museo que no es réplica, y por si fuera poco, yo no estoy autorizado para comerciar con los bienes del museo.
Þóra observó la piedra con mucho detenimiento. ¿Quizá era aquél el tesoro que Harald codiciaba? Difícilmente.
– ¿Seguro que se trata de la misma piedra?
– ¿Qué quiere decir? -preguntó Þorgrímur, extrañado.
– No, nada. No existe ninguna posibilidad de que el director le tomara la palabra a Harald, le vendiera la piedra y la sustituyera por otra, ¿verdad?
Þorgrímur sonrió.
– Ni la más mínima posibilidad. Ésta es la misma piedra que ha estado siempre aquí. Me atrevería a apostar la cabeza. -Se dio la vuelta y salió de la sala con los dos visitantes justo detrás de él-. Como les he dicho: lo propuso medio en broma.
– ¿Pero había alguna otra cosa que dijera, o preguntó por algo más? -inquirió Þóra-. Algo que no pueda considerarse normal.
– Sí, ya les dije que lo que más le interesó fueron los manuscritos y los prontuarios de conjuros -repitió Þorgrímur-. Y me preguntó por el
– Sí, sí, lo conocemos -Matthew respondió por los dos.
– Le pregunté de dónde había sacado la idea y me respondió que había unas cartas antiguas que indicaban que un ejemplar había acabado aquí.
Capítulo 25
No hay muchas construcciones en Islandia que puedan presumir de un acceso tan espléndido como el edificio central de la Universidad de Islandia. Bríet disfrutaba de la vista, sentada en las escalinatas que daban al paso de vehículos, en forma de herradura. Por algún motivo le apeteció de pronto tener coche. Pero de eso no se podía ni hablar, con aquella porquería de beca… le encantaría agarrar al miserable que calculaba el importe de los gastos de mantenimiento que servía para establecer la cuantía de las becas. Sería estupendo terminar los estudios y ponerse a trabajar… no es que los historiadores fueran gente con elevados ingresos; si en lo que pensaba era en el sueldo, no habría podido coger un camino más equivocado. Por eso se le vino a la cabeza la idea de buscarse un buen partido como su hermana, que se había casado con un abogado. El marido trabajaba en uno de los grandes bancos y estaba forrado, y su hermana vivía como una reina. Ahora se estaban construyendo una casa enorme en Vatnsendi y ella, licenciada en ciencias políticas, no trabajaba más que media jornada en un ministerio y podía pasarse el resto del día de compras. Bríet se inclinó sobre el hombro de Dóri, que estaba sentado a su lado. Era tan guapo, y un chico estupendo y, por si fuera poco, los médicos se lo montan muy bien.
– ¿En qué estás pensando? -preguntó el joven al tiempo que arrojaba la bola de nieve que había estado preparando.
– Nada, no sé -respondió Bríet cansinamente-. En Hugi, más que nada.
Dóri siguió con los ojos el recorrido de la bola de nieve… subió muy alto y aterrizó justo al lado de la estatua de Sæmundur el Sabio.
– Era mago -dijo Dóri-. ¿Lo sabías?
– ¿Quién? -preguntó Bríet extrañada-. ¿Hugi?
– No, Sæmundur el Sabio.