– Ah, ya. Sí, claro que lo sabía. -La chica sacó una cajetilla del bolso-. ¿Quieres uno? Es tu marca favorita. -Le dio el paquete con una sonrisa.
Dóri miró el paquete, luego a ella, y sonrió también.
– No, gracias. Ya tengo. -Cogió uno de sus propios cigarrillos y cada uno se encendió el suyo. Se inclinó hacia delante, de modo que Bríet tuvo que quitar la cabeza de su hombro-. Menuda mierda.
– Cuéntame. -Bríet no sabía qué decir, y decidió poner los pies en el suelo con mucho cuidado. No quería que Dóri hiciese una tontería que pudiera dañarla a ella, y naturalmente a él mismo. Pero quería demostrarle que ella era mucho más comprensiva y estaba más en sus cabales que Marta Mist.
– Estoy ya hasta las narices de todo este rollo. -Miró hacia delante y pensó antes de continuar-. Los demás estudiantes son completamente distintos a nosotros.
– Ya lo sé -dijo Bríet-. No somos precisamente unos estudiantes universitarios típicos. Yo también estoy hasta las narices. -Pero por qué, eso no lo sabía.
Dóri continuó y Bríet tuvo la sensación de que no había escuchado lo que ella acababa de decirle.
– Realmente, lo que más me choca es que los demás estudiantes… que no andan siempre de juerga y de pedo todo el día como nosotros… no parecen menos contentos de la vida y de la existencia de lo que podamos estarlo nosotros. Si acaso, están más contentos.
Bríet se dio cuenta de que hasta allí habían llegado. Pasó el brazo sobre el hombro de Dóri e inclinó su rostro hacia el suyo.
– He estado pensando exactamente lo mismo. Hasta aquí hemos llegado; si Andri y los demás quieren seguir, tendrá que ser sin mí. Me voy a centrar en los estudios y en todo lo demás. Esto ya no me resulta tan divertido. -Había omitido adrede el nombre de Marta Mist, por miedo a traicionarse.
– Qué curioso… yo digo lo mismo. -La miró y sonrió-. No somos tan distintos tú y yo.
Bríet le besó suavemente en la mejilla.
– Hacemos buena pareja. A la mierda con los demás.
– Con Hugi no -dijo Dóri, y la sonrisa desapareció tan rápido como había aparecido.
– No, claro que no -se apresuró a decir la muchacha-. Siempre estoy pensando en él… ¿cómo estará?
– Horrible. Ya no aguanto esto más tiempo.
– ¿El qué? -Bríet se sintió mal por preguntar… habría sido mejor poder limitarse a adivinar a qué se refería, pero no estaba segura de acertar, y para eso no valía la pena intentarlo.
Dóri hizo ademán de ponerse en pie.
– Le voy a conceder unos días más a la abogada esa… luego iré a la policía. Me importa una mierda lo que pueda pasar.
Demonios. Bríet intentó por todos los medios pensar algo que pudiera devolverle el sentido común a Dóri… no le habría molestado nada dejarlo en manos de Marta Mist, si hubiera estado allí con ellos.
– Dóri, tú no mataste a Harald, ¿verdad? Tú estabas en el Kaffibrennslan, ¿no es cierto?
El joven se levantó y la miró, con un gesto que podía indicar cualquier cosa menos alegría.
– Claro que estaba en el Kaffibrennslan. ¿Y dónde estabas tú? -Se marchó.
Bríet se sintió herida. Se apresuró a ponerse en pie y decirle:
– No quería decir eso, perdona. Sólo quería decir… ¿por qué ir a la policía?
Dóri dio media vuelta.
– Sabes… ya soy incapaz de comprender porqué Marta Mist y tú os oponéis tan radicalmente. Esas cosas siempre se deben a algún sentimiento de culpabilidad. No lo olvides. -Se alejó dando zancadas.
Bríet no sabía qué hacer. Después de pensarlo un momento cogió el móvil y llamó.
Laura Amamig se dirigió hacia el porche del Árnagarður, donde Gloria estaba ajetreada pasando la aspiradora por la moqueta. Laura no había conseguido hablar con ella a solas en toda la mañana, de ahí que aprovechase encantada aquella oportunidad.
– Gloria -le dijo en la lengua materna de ambas-. Tengo que preguntarte una cosa.
Ésta levantó la vista, extrañada.
– ¿Qué? Estoy pasando la aspiradora como tú me enseñaste.
Laura hizo un gesto con la mano, para apartar aquella idea.
– No pienso hablarte del trabajo. Querría saber si notaste alguna cosa extraña en la sala de alumnos el fin de semana que cometieron el crimen. Tú limpiaste allí esos días. Antes de que encontraran el cuerpo.
Los oscuros ojos de Gloria se encendieron.
– Ya os lo dije, a vosotros y a la policía. No había nada.
Laura la miró con gesto serio. Estaba mintiendo.
– Gloria. Dime la verdad. Sabes que mentir es pecado. Dios sabe lo que viste allí. ¿Seguirás mintiéndole también a Él cuando le mires a los ojos? -Cogió a la muchacha por los hombros y la obligó a mirarla a los ojos-. No pasa nada. No podías saber que se había cometido un crimen. Aquel fin de semana no entró nadie en el cuartito de impresoras. ¿Qué viste?
Una lágrima se escurrió por la mejilla de Gloria. Laura no le dio mayor importancia, no era la primera lágrima que la muchacha derramaba en el trabajo.
– Gloria. Tranquilízate. Dímelo… yo encontré restos de sangre en la manija de la ventana. ¿Qué había allí?
Las lágrimas eran ya dos, luego se hicieron tres y a continuación fluyeron en caudaloso torrente. Dijo de repente entre sollozos:
– No lo sabía… no lo sabía.