Cuando regresaba de casa de Sotero, sentí el temor de encontrarme con mi padre, inevitablemente, a la hora de cenar, que se acercaba. Pero al llegar a casa, hallé el recado de que fuese cenando, de que él seguramente no vendría. Después de haberme alegrado, pensé que temía quedarse a solas conmigo. Y, sin embargo, ninguno de los dos podía evitar una explicación que yo no imaginaba cómo podía empezar, ni cómo acabaría. Todo lo que se me ocurría eran ideas extravagantes, sacadas más o menos de alguna escena de novela que, desde el recuerdo oscuro, iba dictándome palabras, rechazadas inmediatamente y sustituidas por otras nuevas, que también rechazaba. En realidad, yo desconocía a mi padre y no podía prever, con un mínimo de acierto, cuál iba a ser su conducta. Había evitado el primer encuentro, pero lo mismo podía ser por miedo que por necesidad de pensar de antemano y seriamente lo que iba a decirme. En cualquier caso, al llegar aquí, a sus palabras, mi imaginación tropezaba con una pared oscura en la que nada había escrito, ni siquiera una pequeña luz. También descubrí, durante la cena, que tenía miedo a mi padre, y que si me mandaba callar, me callaría. ¡Dios mío, qué difícil era todo! ¿Por qué me sucederían aquellas cosas? Hubo un momento en que envidié a Sotero, con todo lo de su vida tan claro y tan sencillo, o a algún otro compañero, que, aunque no apuntase tan alto, sabía ya lo que tenía que hacer y el cómo. Imaginé que, cuando se es hijo de un padre de los corrientes, ni senador, ni viudo, ni hombre importante, el padre nos lo da todo hecho, con un pequeño margen de libertades que se emplea en pillerías veniales, y sólo cuando se acaba la función del padre empieza la verdadera libertad, que consiste en hacer lo que uno desea, pero sabiendo previamente lo que puede y lo que debe desear. Pero, aun en ese caso, ¿qué hubiera dicho un padre de los corrientes, al declararle yo que lo que me interesaba era seguir leyendo novelas y poemas, y quizá darme unas vueltas por las calles de la ciudad vieja, alrededor de mi casa y sin llegar a los barrios de los inmigrantes ricos? Era una costumbre que había adquirido en los últimos tiempos del curso anterior y de la que no había hablado a nadie, menos que a nadie a Sotero, pues adivinaba su respuesta, y el elogio subsecuente de las calles modernas, tan anchas y tan claras, de construcción racional, y con viviendas espaciosas e higiénicas. Y esto no lo invento: porque le había oído cierta vez comentar un artículo que había leído en no sé qué periódico en que decían semejantes cosas, con las que estaba de acuerdo. Pero quizá hubiese aprovechado mi declaración para convencerme de que me fuese a estudiar a Santiago, que era una ciudad en que abundaban las calles estrechas y las fachadas antiguas.