Mi padre hizo un viaje. En la nota que me dejó explicaba que una tormenta de verano había causado estragos en una de las casas de mi madre, la más alejada de Villa-vieja, precisamente, en la que yo nunca había estado, y que las averías reclamaban su presencia. No creí que lo hiciese para escapar de mí, aunque ahora piense lo contrario. El caso fue que, en su ausencia, yo recobré poco a poco mis hábitos, y se me fue de la imaginación la escena, tantas veces temida y deseada, de sus disculpas, o de sus explicaciones, o a lo mejor de su arrepentimiento, pero se me insinuó la idea, probablemente cierta, de que no se había propuesto nunca dar a su hijo explicaciones de su conducta. Me sentí, de repente, humillado, pero también liberado; aunque el hecho de que lo recuerde quiere decir que la humillación me había llegado a lo hondo, y allí quedaba con todo lo demás de la historia. Tardó en regresar ocho o diez días, y, cuando nos encontramos, me habló con toda naturalidad, como si nada hubiera pasado, y yo no me atrevía a mentar a Belinha ni a su hija, ni siquiera a aludirlas. Desde el primer momento enfocó las conversaciones hacia mis próximos estudios. «¿Qué te parece si te vas a Madrid? -me preguntó de sopetón-. Conviene para tu formación que vivas en una ciudad moderna, lejos de esta cochambre provinciana. Además, un título universitario de Madrid es siempre más estimado, lo sé por experiencia.» Yo había temido que proyectase destinarme a la Universidad de El Escorial, que seguía considerando la suya, y en la que habían estudiado personas importantes de las que solía hablar. Me alegré, pues, cuando mencionó Madrid, y le respondí que me parecía bien. «Puedes irte al hotel donde yo paro durante mis viajes. Es un hotel decoroso, donde te tratarán muy bien. Está en el mismo centro y no lejos de la universidad. ¿Quieres estudiar derecho o te tira otra cosa? Yo he pensado que por lo pronto te matricules en el preparatorio, y después, ya veremos. Esta gente que manda ahora no va a mandar siempre, y dentro de tres o cuatro años las cosas se habrán normalizado y yo volveré a ser el que era y siempre habrá un sitio para ti en alguna parte. Afortunadamente, tienes medios para vivir sin la urgencia de buscarte un trabajo. Te podrás atrever con unas oposiciones largas…» Se refirió vagamente a notarías o judicatura, o quizá al cuerpo diplomático, ya que hablaba el portugués y el inglés, «aunque lo importante en esa carrera sea hablar bien el francés. Podías empezar a estudiarlo».

¡Por fin mi padre había hablado como un padre cualquiera! Me lo daba ya hecho, en parte al menos, y no me había mentado la obligación de ser en todas partes el primero. Me sentí aliviado y, en el fondo, satisfecho. Ahora pienso que mi padre había tomado aquella decisión para mantenerme lejos. Estudiar en Santiago era como estar ahí al lado, y no podría evitar que algún sábado se me ocurriese venir a Villavieja. Disimuló, sin embargo, su deseo (o su necesidad) anunciándome que iría a verme de vez en cuando. Y con el pretexto de sus posibles visitas pretendió, o eso parecía, tenerme bien informado de la situación política, porque, me dijo, los militares no podían durar mucho en el poder. Por lo pronto se habían dado cuenta de que no sabían gobernar, y habían tenido que echar mano de civiles que se prestaban a colaborar con ellos. Pero las antiguas fuerzas políticas se estaban reorganizando cautelosamente para que el final inminente de la dictadura no las cogiese desprevenidas. La sublevación de los artilleros (yo no sabía a qué se refería) había sido un toque de atención. La cosa marchaba mal incluso dentro del ejército, y había una pera madura que estaba al caer. «Va siendo conveniente que empieces a enterarte de algunas cosas. Yo no duraré eternamente, y hasta puedo cansarme y apetecer el retiro, y la realidad de tus intereses no sólo te reportara beneficios, sino también obligaciones y quebraderos de cabeza. Hay mucha gente que depende de nosotros, y nosotros tenemos la obligación de protegerla contra los desmanes de los que mandan. Por lo pronto, el año que viene a más tardar, tendrás que conocer tus propiedades, para qué sirven y lo que valen, aunque algunas de ellas no dan más que trabajo. Estas formas antiguas de propiedad, como las tuyas, son una verdadera maraña. Hay la cuestión de los foros, por ejemplo…» Yo no sabía qué eran los foros, pero él se extendió largamente acerca de ellos y de los problemas que traían. «Hace falta ser un buen abogado para que cierta gente no se pase de la raya.» Él, evidentemente, lo era.

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