¿Ha desayunado ya? ¿Le incomoda que lo hagamos juntos, aquí, en su habitación? No se preocupe por sus maletas; después vendrá una chica que le pondrá todo en orden.» Aproveché este momento para decirle que, en una de ellas, traía libros. «Libros, sí, claro. Lo natural en un estudiante. Si lo considera necesario, mandaré que le pongan una estantería, ya veremos el tamaño. De momento puede dejarlos encima de la mesa.» Había tocado el timbre, enérgicamente, tres timbrazos seguidos. Acudió en seguida una doncella, muy peripuesta, por cierto, y bastante bonita. «Olga, voy a desayunar con el señor aquí, en su habitación. ¿Quiere algo especial, señor Freijomil, o prefiere lo corriente, café con bollería? Los del norte prefieren huevos fritos.» Le respondí que lo corriente. El desayuno lo trajeron en una bandeja grande, que podía ser de plata. La dejaron encima de una mesilla. Nos sentamos. «La verdad es que tengo algunas cosas que decirle, las instrucciones que recibí de su señor padre. Ante todo, lo del dinero. Usted tendrá sus gastos. Un chico joven, recién llegado, los tiene siempre. Cada mañana, cuando salga del hotel, le entregarán en la caja un duro, tres los domingos.» No sé qué cara habré puesto yo, que me miró interrogante. «¿Lo encuentra escaso? ¿Piensa que necesitará más?» «No tengo idea, señor. Ignoro lo que en una ciudad como Madrid dan de sí cinco pesetas.» Se echó a reír. «Mire, cinco pesetas diarias, y quince cada domingo, suman doscientas diez. Hay muchas familias en Madrid que ya quisieran disponer de ese dinero.» «Luego, ¿es mucho?» «Creo que más que suficiente. Con un duro diario para sus gastos personales, puede pasar por rico. -Y como yo hiciera un gesto de sorpresa añadió-: Aunque no le conviene nada parecerlo. Lo que voy a decirle no forma parte de las instrucciones recibidas de su padre, pero lo creo oportuno. Cuando se es rico en Madrid, lo mejor es disimularlo, salvo si es usted de esas personas que necesitan que la gente lo sepa. En ese caso, amigo mío, está usted perdido. Se verá rodeado de supuestos amigos que intentarán sacarle lo que puedan y divertirse a su costa. Está luego el capítulo de las mujeres. ¿Qué mejor, para una de esas suripantas, que un estudiante provinciano que cursa preparatorio? Entienda bien que no intento apartarle de los amigos ni de las mujeres, sino tan sólo prevenirlo. Hay ciertas cosas que un padre no se atreve a aconsejar, en las que un buen amigo puede suplirle. Yo soy un buen amigo de su padre y le estoy agradecido. Me hizo algunos favores cuando podía hacerlo y yo no soy de los que olvidan. Considero una suerte que pueda emplear en usted mi agradecimiento y prepararle para hombre de mundo. Un hombre de mundo tiene ante todo que ser prudente.» No habíamos empezado el desayuno. Él me sirvió el café y la leche y cogió un bollo, lo partió con el cuchillo y lo comió a pedacitos, mientras que yo empezaba a sopear con el mío. Se rió. «Mire, por ejemplo, eso que está usted haciendo. Ya no se lleva. Lo correcto, ahora, es comerse el bollo como yo lo estoy haciendo. Que usted sopee en privado, carece de importancia: hágalo si le gusta. Pero jamás en público. Las personas de su clase no lo hacen, y será usted mal visto.» Siguió comiendo. Yo le observé, y me pareció que lo hacía de modo muy remilgado, sin naturalidad. A lo mejor, la buena educación imponía aquella manera artificiosa de comer. «Y de lo que le decía… Pongamos un ejemplo: las criadas del hotel. Si usted deja un duro encima de la mesilla de noche, o algo de valor, lo más probable es que lo encuentre cuando vuelva, pero si se acuesta con una de ellas, vaya pensando en visitar a un médico.» Debí de ponerme muy colorado, porque se echó a reír. «¡No se me apure, hombre! ¡Es de las cosas que le conviene ir oyendo!» La conversación continuó durante un rato largo: daba vueltas a las mujeres y a los gorrones. «Va usted a tratar con muchachos que disponen de una o dos pesetas diarias para sus gastos, el que más. Con eso fuman, van al café y compran un diario. Procure no parecer más que ellos. Estar por encima de alguien siempre ofende, y tan malo es que le tengan a uno por tonto como por orgulloso o prepotente.» Acabó diciéndome que lo considerase su amigo, y que si alguna vez me hallaba en un apuro, fuese de la naturaleza que fuese, y esto lo repitió como si lo hubiese subrayado, que contase con su amistad y su confianza. Se iba a marchar ya, cuando me dijo: «¿Me permite echar un vistazo a su ropa?» Abrí la maleta, dejé encima de la cama todos mis trajes. «Están bien, están muy bien, quizá demasiado bien. Pero encuentro prematuro aconsejarle cierta dejadez elegante que va bien a los jóvenes. Eso no se aprende en un día, ni por palabras. Lo que sí le adelanto es que, cuando llegue a la universidad, sólo por el modo de vestir se encontrará usted distinto de sus compañeros. Lleve todos los días el mismo traje. Mucho cuidado.» Me recordaron aquellas palabras, mi primer día de instituto, pero entonces la diferencia no había sido advertida, o, al menos, nadie la había tomado en cuenta de una manera ostensible, salvo Sotero, quizá, que se lo había callado. El director del hotel se marchó, después de informarme de que se llamaba don Justo y de preguntarme si necesitaba, de momento, dinero. Le dije que no. Y me puse a colgar los trajes en el armario, y a acomodar en los cajones las camisas, la ropa interior, los zapatos. En esto estaba, cuando vino la doncella a recoger la bandeja del desayuno. «¡Oh, señorito!, ¿por qué hace usted eso? Ya se lo haría yo. -Y añadió, muy sonriente-: Me llamo Olga. No tiene más que tocar el timbre si necesita de mí.»