- Sigue tomando fotografías de él, y desde todos los ángulos. No escatimes rollos, que no son caros.

Después de estrechar la mano a cada uno de los hombres, Kurtz se encasquetó una vieja boina azul, y protegido de esta manera del bullicio de la hora punta, se dirigió, con paso vigoroso, a la calle.

Cuando recogieron a Kurtz con la camioneta, había ya comenzado a llover, y mientras los tres iban de lugar lúgubre en lugar lúgubre, matando el tiempo antes de que llegara el momento de la partida del avión de Kurtz, el clima parecía afectar por igual a los tres, con su sombrío humor. Oded conducía, y en su rostro joven y barbado se veía, al paso de las luces, una sorda ira.

A pesar de que forzosamente tenía que saber la respuesta, Kurtz preguntó:

- ¿Qué tiene ahora?

Oded contestó:

- Lo último que lleva es un BMW de rico. Con dirección especial, alimentación inyectada, y con cinco mil kilómetros solamente. Los automóviles son su debilidad.

El otro muchacho, sentado detrás, añadió:

- Los automóviles, las mujeres y la vida fácil. Por tanto me pregunto cuáles serán sus puntos fuertes.

Dirigiéndose de nuevo a Oded, Kurtz preguntó:

- ¿Alquilado otra vez?

- Alquilado.

Kurtz aconsejó a los dos:

- No perdáis de vista ese automóvil. En el momento en que devuelva el automóvil a la empresa a la que lo ha alquilado, y en que no alquile otro, éste es el momento que debemos saber al instante.

Los dos habían oído estas palabras hasta quedarse sordos. Las habían oído incluso antes de salir de Jerusalén. De todas maneras, Kurtz las repitió:

- El momento más importante es aquel en que Yanuka devuelva el automóvil.

De repente, Oded estalló. Quizá, en méritos de su juventud y de su temperamento, era más propenso a la tensión de lo que habían supuesto aquellos que le seleccionaron. Quizá, por ser tan joven, no le hubieran debido asignar una misión que exigía esperar tanto. Acercó la camioneta al bordillo de la acera, frenó bruscamente, tan bruscamente que todos dieron un salto, y preguntó:

- ¿Por qué le permitimos que haga lo que le dé la gana? ¿Por qué nos andamos con jueguecitos con él? ¿Y si regresa a su país y no vuelve a las andadas? Entonces, ¿qué?

- Entonces, le perderíamos de vista.

- ¡Matémosle ahora! Esta noche. Si me da la orden, es cosa hecha.

Kurtz le dejó que siguiera rabiando. Oded dijo:

- Tenemos el piso frontero al suyo, ¿sí o no? Le lanzamos un cohete. Es cosa que ya hemos hecho en otras ocasiones. ¿Por qué no?

Kurtz siguió en silencio. Para Oded aquello era lo mismo que atacar a una esfinge. Oded repitió, en voz ciertamente muy alta: -¿Por qué no lo hacemos?

Kurtz, sin perder la paciencia, le dio la debida explicación:

- Porque esto a nada conduciría. Esta es la razón, Oded. ¿Es que jamás has oído lo que Misha Gavron solía decir? Es una frase que a mí, personalmente, todavía me gusta repetir. Si quieres cazar un león, primero tienes que atar a una cabra. Me pregunto qué clase de estúpidas ideas te han metido en la cabeza, en lo tocante a luchar. ¿Realmente pretendes decirme que quieres cargarte a Yanuka, cuando por diez dólares más puedes atrapar al mejor activista que esa gente ha tenido en muchos años?

- ¡El es quien hizo lo de Bad Godesberg! ¡Lo de Viena, y quizá también lo de Leyden! ¡Están matando judíos, Marty! ¿Es que esto ha dejado de importar a Jerusalén, en los presentes días? ¿A cuántos permitiremos que maten, mientras nosotros seguimos con nuestros juegos?

Cogiendo cuidadosamente el cuello de la cazadora de Oded, Kurtz, con sus manazas, sacudió dos veces el cuerpo de Oded, y la segunda vez, por error, la cabeza del muchacho se golpeó dolorosamente contra la ventanilla del vehículo. Kurtz no pidió disculpas y Oded no se quejó.

Esta vez con tono amenazador, Kurtz dijo:

- Ellos, Oded. No él. Ellos. Ellos hicieron lo de Bad Godesberg. Ellos hicieron lo de Leyden. Y son ellos a quienes intentamos atrapar. Y no a seis inocentes alemanes y a un muchachito tonto.

Sonrojándose, Oded dijo:

- Bueno, de acuerdo. No me dé más la lata.

- No, de acuerdo no, Oded. Yanuka tiene amigos, Oded. Parientes. Personas a las que no conocemos. ¿Quieres dirigir esta operación, en vez de que la dirija yo?

- He dicho que de acuerdo.

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