Sentado junto a la ventanilla contemplaba la noche a través del reflejo de su propia cara. Siempre que hacía este viaje, Kurtz se convertía en espectador de su propia vida. En algún lugar de aquella negrura se encontraba la línea férrea por la que había avanzado el tren de carga en su lento viaje hacia el Este. En algún lugar se encontraba el apartadero en el que el tren esperó durante cinco noches y seis días, en pleno invierno, para dar paso a los trenes de transportes militares que importaban mucho más, mientras Kurtz y su madre, y los restantes ciento dieciocho judíos iban atestados en un solo vagón, y comían nieve y pasaban frío, y la mayoría de ellos morían de frío. Para que Kurtz conservara los ánimos, su madre no hacía más que decirle: «El próximo campo será mejor.» En algún lugar de aquella negrura, la madre de Kurtz había muerto silenciosamente. En algún lugar de aquellos campos, el muchacho sudete que en otros tiempos fue Kurtz había pasado terribles hambres, había robado y había matado, esperando sin ilusión que otro mundo hostil le encontrara. Vio el campo de recepción aliado, vio los uniformes desconocidos, vio rostros de niños tan viejos y tan demacrados como el suyo propio. Una chaqueta nueva, botas nuevas, alambre de espino nuevo, y una nueva huida, aunque en esta ocasión huyó de quienes le habían rescatado. Se vio a sí mismo de nuevo en el campo, avanzando hacia el sur, de una granja a un pueblo, y así sucesivamente, durante semanas, siempre atraído por la línea de la huida, hasta que poco a poco las noches se tornaron cálidas y olieron a flores, y oyó por primera vez en su vida el rumor de las hojas de palmeras agitadas por el viento del mar. Las palmeras le susurraban: «Escúchanos, muchacho helado: así hablamos en Israel. Así de azul es el mar, igual que aquí.» Vio el viejo vapor medio podrido, escorado junto al muelle, que era el más noble y grande navío que en su vida había visto, cuyas cubiertas estaban negras gracias a las cabezas judías que las atestaban, por lo que Kurtz robó una gorra negra y la llevó puesta hasta que salieron de Trieste. Pero le necesitaban, con cabello rubio o sin cabello. En cubierta, divididos en pequeños grupos, los jefes daban lecciones sobre la manera de disparar viejos fusiles Lee Enfield, robados. Haifa se encontraba aún a dos días de viaje, y la guerra de Kurtz acababa de comenzar.

El avión trazaba un círculo, en preparación del aterrizaje. Observó cómo iban descendiendo, y cómo cruzaban el muro de Berlín. Kurtz sólo llevaba el equipaje de mano, pero las medidas de seguridad eran rígidas, por culpa de los terroristas, por lo que las formalidades consumieron mucho tiempo.

Shimon Litvak esperaba en el aparcamiento, a bordo de un Ford barato. Había llegado en avión, procedente de Holanda, después de pasar dos días contemplando las ruinas de Leyden. Lo mismo que Kurtz, Litvak estimaba que no tenía derecho a dormir.

Tan pronto Kurtz hubo subido al automóvil, Litvak le dijo:

- El libro-bomba fue entregado por una muchacha. Una morenita muy bien parecida. Con tejanos. El empleado del hotel pensó que la chica era estudiante, y estaba convencido de que había llegado y se había ido en bicicleta. Es dudoso, pero en parte creo en las palabras del empleado del hotel. Hay quien dice que la chica fue transportada hasta allá en una motocicleta. El paquete iba liado con una cinta de adorno, y llevaba una tarjeta que decía: «Feliz cumpleaños, Mordecai.» Un plan, un transporte, una bomba y una muchacha. ¿Hay alguna novedad?

- ¿Y el explosivo?

- Plástico ruso, quedaron restos del envoltorio, nada que sea una pista.

- ¿Alguna marca de fábrica o pista de identidad? -Un ovillo de hilo conductor sobrante.

Kurtz dirigió una penetrante mirada a Litvak. Y éste confesó: -No había tal ovillo. Restos carbonizados, sí. Pero no cabía identificar el hilo conductor. Kurtz preguntó: -¿Ni gancho de percha?

- En esta ocasión, el que fabricó la bomba prefirió utilizar una ratonera de resorte. Una dulce ratonera de cocina.

Litvak puso en marcha el motor. Kurtz dijo: -Anteriormente también utilizó ratoneras de resorte.

Litvak, que odiaba la ineficacia casi tanto como al enemigo que incurriera en ella, dijo: -Utilizó ratoneras, ganchos de perchas, viejas mantas de beduino, explosivos de origen desconocido, baratos relojes con una sola saeta y chicas baratas. Y es el peor constructor de bombas que haya habido jamás, incluso entre los árabes.

Luego preguntó:

- ¿Cuánto tiempo le ha dado?

Kurtz fingió no comprender la pregunta:

- ¿Me ha dado? ¿Quién?

- Gavron. ¿Qué plazo tiene? ¿Un mes? ¿Dos meses? ¿Cuál es el trato? Pero Kurtz no siempre se mostraba propicio a ser claro y preciso en sus respuestas: -El trato es que son muchas las personas, en Jerusalén, que prefieren atacar los molinos de viento del Líbano, a luchar contra el enemigo, empleando la sesera.

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