Buscaba a Dios. En una oscura mezquita de la plaza principal, en el mismísimo límite con la cristiandad, Yanuka se encomendó una vez más a Alá, lo cual, como dijo después Litvak, con negro sentido del humor, fue una excelente medida para Yanuka. Al salir, fue mordido por un pequeño perro de pelo pardo, perro que escapó antes de que Yanuka pudiera vengarse. Esto también fue considerado de mal augurio.
Por fin, con el intenso alivio de todos, Yanuka volvió a la carretera principal. El punto de paso fronterizo, en este lugar, es un hostil establecimiento. Los turcos y los griegos no hacen buenas migas. La zona está minada sin ton ni son en ambos lados. Hay terroristas y contrabandistas de todo tipo, con sus diferentes rutas y sus diferentes propósitos. Los tiroteos son frecuentes, aunque rara vez se habla de ello. En la zona turca hay un cartel que, en inglés, dice: «Buen viaje», pero no consta expresión alguna de buenos deseos para los griegos. Primero se llega a un punto en el que se ve el emblema nacional turco, pintado en un cartel, después se llega a un puente que pasa por encima de un caudal de perezosas aguas, a continuación se llega a una pequeña y nerviosa cola para cumplir con los formalismos turcos de emigración. Yanuka se negó a pasar estas formalidades, amparándose en su pasaporte diplomático, y se salió con la suya, con lo cual sólo consiguió acelerar su desdicha. Después, entre la policía turca y los centinelas griegos, hay una tierra de nadie con una extensión de unas veinte yardas, en la que Yanuka se compró una botella de vodka, exenta de impuestos, y se tomó un helado en un café, vigilado por un muchacho de aspecto ensoñado y de larga melena, llamado Reuven, que había pasado las tres últimas horas comiendo pastelillos allí. El último toque turco es un gran busto en bronce de Ataturk, el visionario y decadente, que contempla con severidad las hostiles llanuras griegas. Tan pronto Yanuka hubo rebasado el busto, Reuven montó en su motocicleta y transmitió una señal de cinco puntos a Litvak, quien esperaba a unos treinta kilómetros en el interior de Grecia, aunque fuera de la zona militar, en un punto en que el tránsito tenía que reducir velocidad, hasta la propia de un hombre al paso, debido a unas obras. Luego, Reuven se apresuró a reunirse con sus compañeros para estar presente en el jaleo que se avecinaba.
Se sirvieron de una chica, lo cual era cosa de sentido común si se tenía en consideración la proclividad de Yanuka, y dieron una guitarra a la chica, lo que fue un certero detalle, ya que en los actuales tiempos una guitarra legitimiza a una muchacha, incluso en el caso de que no sepa tocarla. La guitarra es el uniforme de cierto espiritual pacifismo, cual habían podido observar recientemente en otros lugares. Dudaron si utilizar una chica rubia o morena, sabedores de que Yanuka era partidario de las rubias, aun cuando teniendo en cuenta que Yanuka siempre estaba dispuesto a hacer excepciones. Por fin se decidieron por una chica morena, debido a que era de más buen ver, contemplada de espaldas y a que caminaba con más garbo, y la situaron en el punto en que terminaban las obras. Estas obras fueron providenciales. Así lo creyeron. Algunos incluso llegaron a creer que Dios -el Dios judío- y no Kurtz o Litvak era quien estaba dirigiendo la operación.