Hay que advertir que Yanuka era esbelto y de apariencia extremadamente apuesta, con hermosos rasgos semíticos parecidos a los de la chica, y que estaba dotado de contagiosa alegría. De ello resultó una mutua atracción, esa clase de atracción que puede darse instantáneamente entre dos personas físicamente atractivas, en la que las dos parecen realmente compartir la imagen de sí mismos haciendo el amor. La muchacha, siguiendo las instrucciones recibidas, dejó la guitarra, con un gracioso movimiento del cuerpo se quitó del hombro la bolsa de viaje y la dejó caer con alivio en el suelo. El efecto de este movimiento de desnudarse, había afirmado Litvak, obligaría a Yanuka a hacer una de las dos cosas siguientes: o bien abrir desde dentro la puerta trasera del automóvil, o bien salir del automóvil y abrir el portamaletas. En ambos casos quedaría en situación de ser atacado. También es verdad que en algunos modelos de la marca Mercedes, el portamaletas puede abrirse desde el interior del coche. Pero no en aquel modelo. Litvak lo había averiguado. Y también sabía con certeza que el portamaletas estaba cerrado con llave. Por otra parte, hubiera sido tonto ofrecer la chica a Yanuka al otro lado de la frontera, en territorio turco debido a que, por buenos que fueran los documentos de Yanuka, y realmente eran buenos, éste no iba a ser tan estúpido de aumentar los riesgos propios de cruzar una frontera, por el medio de llevar a bordo una carga desconocida.

En realidad, Yanuka hizo lo que todos los miembros del equipo israelita estimaban más deseable. En vez de echar un brazo atrás y abrir manualmente la puerta trasera, lo cual hubiera podido hacer perfectamente, decidió, quizá para impresionara la muchacha, utilizar el mecanismo de apertura automático, con lo que no sólo abrió una puerta, sino también las otras tres. La muchacha tiró de la puerta trasera más cercana a ella y, quedándose fuera, arrojó la bolsa de viaje y la guitarra en el asiento. Cuando la muchacha hubo cerrado de nuevo la puerta, y había emprendido lánguidamente el camino hacia la puerta delantera, como si se dispusiera a sentarse al lado de Yanuka, un hombre ya había puesto el cañón de su pistola en la sien de éste, mientras Litvak, con aspecto más frágil que nunca, arrodillado detrás del asiento del conductor, había hecho presa en la cabeza de Yanuka, mediante una llave mortífera, y, al mismo tiempo le administraba la droga que, según le habían asegurado con toda firmeza, era la más adecuada para un hombre con el historial médico de Yanuka. Durante la adolescencia, tuvo ciertos problemas de asma.

Después, lo que más sorprendió a todos fue el silencio en que se desarrolló la operación. Litvak, incluso mientras esperaba que la droga produjera efectos, oyó claramente, destacando sobre el murmullo del tránsito el sonido de unas gafas de sol al caer al suelo, y durante un terrible instante pensó que había sido el pescuezo de Yanuka, lo cual lo hubiera estropeado todo. Al principio, el equipo israelita temió que Yanuka se hubiera olvidado las placas de matrícula falsa y correspondientes documentos falsificados, que utilizaría posteriormente, o bien que los tuviera en algún lugar oculto, pero con el consiguiente placer lo encontraron todo esmeradamente colocado en el interior de la elegante maleta negra de Yanuka, junto con varias camisas de seda confeccionadas a mano y unas cuantas ostentosas corbatas, todo lo cual se vieron obligados a quedarse para sus propios fines, así como el hermoso reloj Cellini de Yanuka, su brazalete de cadena de oro, y el amuleto chapado en oro que Yanuka solía llevar junto al corazón, y que se creía era un regalo de su amada hermana Fatmeh. Otro delicioso aspecto de la operación -y que a nadie se debió, como no fuera al propio Yanuka- consistió en que el automóvil llevaba cristales fuertemente ahumados para impedir que las gentes vulgares vieran lo que pasaba en su interior. Este fue el primero entre los muchos ejemplos ilustrativos de la manera en que Yanuka se convirtió en fatal víctima de sus propias aficiones al lujoso vivir. Llevar el coche en dirección sur, después de todo lo anterior, no fue problema alguno. Probablemente hubieran podido llevarlo a donde hubiesen querido sin que nadie se enterase. Pero, para mayor seguridad, habían contratado una camioneta que aparentemente transportaba abejas a su nuevo hogar. En aquella región había un muy notable tráfico de abejas, y, cual Litvak muy razonablemente concluyó, incluso el policía más entrometido se lo piensa dos veces antes de invadir la intimidad de las abejas.

El único factor que realmente no se previó fue la mordida del perro. ¿Tendría la rabia el animalillo? Por si acaso, compraron suero antirrábico y se lo inyectaron a Yanuka.

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