No encendió la luz, aunque era probable que el generador de Sanders abasteciera también el apartamento. En la penumbra, el punto rojo palpitante era menos visible. Miró alrededor con curiosidad. Había libros: estantes y estantes de libros. ¿Acaso Baaarbie había pensado dejarlos allí cuando se largó del pueblo? ¿O le había pedido a alguien, probablemente a Petra Searles, que trabajaba con él abajo, que se los enviara a algún lugar? En tal caso, seguro que también le había pedido que le enviara la alfombra de la sala de estar, una reliquia que parecía de un jinete de camellos y que Barbie debía de haber comprado en el bazar local cuando no había sospechosos a los que torturar ni niños de los que abusar.

En realidad, no había dispuesto que le enviaran sus cosas, decidió Junior. No había sido necesario porque nunca había tenido la más mínima intención de irse. Cuando se le ocurrió esa idea, Junior se preguntó por qué no se había dado cuenta antes. A Baaarbie le gustaba el pueblo; nunca se iría por voluntad propia. Era más feliz allí que un gusano en un vómito de perro.

Encuentra algo que lo incrimine, le había ordenado Big Jim. Algo que solo pueda ser suyo. ¿Me entiendes?

¿Acaso crees que soy estúpido, papá?, pensaba Junior ahora. Si tan estúpido soy, ¿por qué fui yo quien te salvó la vida anoche?

Sin embargo, cuando a su padre se le cruzaban los cables, enseguida se ponía a repartir leña, eso era innegable. Nunca le había dado una bofetada ni una azotaina cuando era pequeño, algo que Junior siempre había atribuido a la influencia positiva de su difunta madre. Y sospechaba que ahora tampoco lo hacía porque, en el fondo de su corazón, sabía que si empezaba quizá no podría parar.

– De tal palo, tal astilla -dijo Junior, y se rió. Le dolía la cabeza, pero aun así se rió. ¿Cuál era ese viejo refrán que decía que la risa era la mejor medicina?

Entró en el dormitorio de Barbie, vio que la cama estaba hecha, y por un instante pensó que sería maravilloso bajarse los pantalones y dejarle una cagada en medio de la cama. Sí, y luego podría limpiarse el culo con la funda de la almohada. ¿Qué te parecería eso, Baaarbie?

Sin embargo, fue hacia el tocador. Había tres o cuatro pares de vaqueros en el cajón de arriba y dos pares de pantalones cortos caqui. Bajo estos había un teléfono móvil y por un instante pensó que eso era lo que necesitaba. Pero no. Era un móvil barato de tarjeta, de esos que son casi de usar y tirar. Barbie podía decir que no era suyo.

Había media docena de calzoncillos y cuatro o cinco pares de calcetines blancos de deporte en el segundo cajón. El tercero estaba vacío.

Miró debajo de la cama, y al agacharse sintió un martilleo en la cabeza; no había sido buena idea. Tampoco encontró nada ahí debajo, ni siquiera pelusas de polvo. Baaarbie era un obseso de la limpieza. Junior pensó en tomarse el Imitrex que llevaba en el bolsillo del reloj, pero no lo hizo. Ya se había tomado dos y no le habían hecho ningún efecto, salvo el regusto metálico. Sabía qué medicina necesitaba: la despensa oscura de Prestile Street. Y la compañía de sus amigas.

Mientras tanto, estaba ahí. Y allí tenía que haber algo.

– Algo -susurró-. Tengo que encontrar algo.

Mientras volvía hacia la sala de estar, se limpió una lágrima del ojo izquierdo, que no dejaba de palpitar (no se dio cuenta de que estaba teñida de sangre), y de repente se le ocurrió una idea y se detuvo. Regresó al tocador y abrió de nuevo el cajón de los calcetines y la ropa interior. Los calcetines estaban doblados con forma de bola. Cuando estaba en el instituto, Junior había escondido alguna vez un poco de hierba o unas cuantas anfetas en los calcetines; en una ocasión escondió un tanga de Adriette Nedeau. Los calcetines eran un buen escondite. Los fue sacando todos, de uno en uno, palpándolos.

Al coger el tercero dio con un filón, algo que parecía una lámina de metal. No, había dos. Desenrolló los calcetines y sacudió el que más pesaba sobre el tocador.

Cayeron las placas de identificación del ejército de Dale Barbara. Y a pesar de su atroz dolor de cabeza, Junior sonrió.

Ya eres nuestro, Baaarbie, pensó. Ya eres nuestro, gilipollas.

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