En el lado de Tarker's Mills de la Little Bitch Road, los incendios provocados por los misiles Fasthawk aún ardían con toda su fuerza, pero estarían extinguidos al anochecer; los parques de bomberos de cuatro pueblos, ayudados por un destacamento mixto formado por personal del ejército y marines, estaban trabajando en ello, controlando la situación. Lo habrían extinguido antes, creía Brenda Perkins, si los bomberos no hubieran tenido que hacer frente también a fuertes ráfagas de viento. En el lado de Chester's Mills no tenían ese problema. Reinaba la calma. Más tarde quizá se convirtiera en un infierno. Era imposible saberlo.

Brenda no pensaba permitir que esa cuestión la preocupara esa tarde; se sentía bien. Si alguien le hubiera preguntado esa misma mañana cuándo creía que volvería a sentirse bien, Brenda habría respondido: «Quizá el año que viene. Quizá nunca». Y era lo bastante inteligente para saber que esa sensación no duraría mucho. Los noventa minutos de ejercicio habían tenido mucho que ver; el ejercicio liberaba endorfinas, daba igual que se hubiera dedicado a correr o a apagar incendios con una pala. Pero aquella sensación no solo era cosa de las endorfinas. Estaba al frente de una tarea que era importante y que podía realizar.

Varios voluntarios habían acudido al humo. Catorce hombres y tres mujeres se congregaban a ambos lados de la Little Bitch. Algunos aún sostenían las palas y las esteras de goma que habían utilizado para apagar las llamas, y otros se habían desprendido de las fumigadoras y se habían sentado en el arcén sin asfaltar de la carretera. Al Timmons, Johnny Carver y Nell Toomey estaban enrollando las mangueras y guardándolas en una de las camionetas de Burpee. Tommy Anderson, del Dipper's, y Lissa Jamieson, una mujer new age pero fuerte como un caballo, transportaban la bomba que habían utilizado para extraer agua del arroyo de la Little Bitch Road a uno de los otros camiones. Brenda oyó risas y se dio cuenta de que no era la única que disfrutaba del subidón de adrenalina.

Los arbustos a ambos lados de la carretera habían quedado tiznados y las ascuas aún no se habían apagado por completo. También habían ardido varios árboles, pero eso era todo. La Cúpula había bloqueado el viento y los había ayudado de otra forma, ya que había actuado a modo de presa con el arroyo y había convertido la zona en una especie de pantano. El incendio que ardía al otro lado era algo distinto. Los hombres que intentaban extinguirlo eran como espectros relucientes vistos a través del calor y el hollín acumulado en la Cúpula.

Romeo Burpee se acercó a Brenda. Sostenía una escoba empapada en una mano y una estera de goma en la otra. En la parte de abajo de la estera aún se veía la etiqueta del precio. Aunque estaba algo chamuscada aún podía leerse: ¡EN BURPEE'S TODOS LOS DÍAS HAY REBAJAS! La dejó caer y le tendió una mano sucia.

Brenda se quedó sorprendida, pero la aceptó y se la estrechó con fuerza.

– ¿A qué se debe, Rommie?

– A que has hecho un gran trabajo -respondió él.

Brenda se rió, avergonzada pero contenta.

– Cualquiera podría haberlo hecho, dadas las condiciones. Era un incendio pequeño y la tierra está tan mojada que seguramente se habría apagado por sí solo al atardecer.

– Quizá -dijo él, y luego señaló un claro entre los árboles atravesado por una pared de piedra en ruinas-. O quizá habría llegado hasta esa hierba alta de ahí, luego a los árboles del otro lado y luego vete a saber. Podría haber ardido durante una semana o un mes. Sobre todo porque no contamos con un maldito parque de bomberos. -Volvió la cabeza hacia un lado y escupió-. Incluso aunque no sople viento, un incendio puede arder durante mucho tiempo siempre que tenga combustible. En el sur ha habido incendios en minas que han ardido durante veinte y treinta años. Lo leí en el National Geographic. Y bajo tierra no hay viento. Además, ¿cómo sabemos que de repente no va a soplar una ráfaga? No sabemos una mierda sobre lo que puede hacer o no esta cosa.

Ambos miraron hacia la Cúpula. El hollín y las cenizas la habían hecho visible hasta una altura de unos treinta metros. También les dificultaba la visión de lo que sucedía en el lado de Tarker´s Mills, y eso a Brenda no le gustaba. No quería pensar detenidamente en ello porque podía poner fin a las buenas sensaciones que le habían quedado tras una tarde de trabajo intenso, pero no, no le gustaba. Le hacía pensar en la extraña y borrosa puesta de sol de la noche anterior.

– Dale Barbara tiene que llamar a su amigo de Washington -dijo Brenda- y decirle que, cuando hayan apagado el incendio de su lado, limpien lo que ha ensuciado la Cúpula, sea lo que sea. No podemos hacerlo desde nuestro lado.

– Buena idea -dijo Romeo, que, sin embargo, tenía otra cosa en mente-. ¿No ves algo extraño en tu equipo? Porque yo sí.

Brenda se quedó sorprendida.

– No son mi equipo.

– Claro que sí -respondió él-. Tú eras la que daba órdenes, eso los convierte en tu equipo. ¿Ves a algún policía?

Перейти на страницу:

Поиск

Книга жанров

Похожие книги