Rusty sabía que era la técnica habitual de Rennie, intentar cabrearlo. Distraerlo.
– No soy un funcionario del ayuntamiento -respondió-, pero sí un trabajador sanitario. Y un contribuyente.
– ¿Y?
Rusty notó que la sangre empezaba a subirle a la cabeza.
– Pues que todo eso hace que la cabaña de los suministros también sea un poco mía. -Esperó para ver si Big Jim reaccionaba, pero el hombre que había tras el escritorio se mantenía impertérrito-. Además, no estaba cerrado con llave. Lo cual tampoco viene al caso. Vi lo que vi, y me gustaría obtener una explicación. Como empleado del hospital.
– Y contribuyente. No lo olvides.
Rusty lo miró fijamente. Ni tan siquiera asintió con la cabeza.
– Pues no puedo dártela -respondió Rennie.
Rusty enarcó las cejas.
– ¿De verdad? Creía que siempre le tenías tomado el pulso al pueblo. ¿No era eso lo que decías la última vez que te presentaste al cargo de concejal? ¿Y ahora me dices que no puedes explicarme qué ha pasado con el propano del pueblo? No me lo creo.
Por primera vez, Rennie pareció molesto.
– Me da igual que me creas o no. No sabía nada de los depósitos. -Pero desvió la mirada levemente hacia un lado, como si quisiera comprobar que su fotografía autografiada de Tiger Woods seguía en su sitio; el típico gesto de un mentiroso.
Rusty volvió a la carga:
– Al hospital apenas le queda propano. Sin gas, los pocos de nosotros que aún estamos trabajando tendremos que hacerlo en unas condiciones dignas de un quirófano en pleno campo de batalla de la guerra civil. Los ingresados que tenemos ahora mismo, incluido un paciente que ha sufrido un infarto y un caso grave de diabetes que podría acabar en amputación, sufrirán graves problemas si nos quedamos sin electricidad. El posible amputado es Jimmy Sirois. Su coche está en el aparcamiento y tiene una pegatina en el parachoques que dice VOTA A BIG JIM.
– Lo investigaré -dijo Big Jim, con el aire propio de un hombre que está concediendo un favor-. Lo más probable es que el propano del pueblo esté almacenado en alguna otra propiedad del ayuntamiento. En cuanto al vuestro, no sé qué decirte.
– ¿Qué otra propiedad? Está el parque de bomberos y ese montón de arena y sal de God Creek Road; allí ni siquiera hay un cobertizo. Son las únicas propiedades del ayuntamiento, que yo sepa.
– Everett, soy un hombre ocupado. Vas a tener que disculparme.
Rusty se puso en pie. Le entraron ganas de cerrar las manos en forma de puño, pero se controló.
– Te lo voy a preguntar una última vez. De forma clara y directa. ¿Sabes dónde están los depósitos que han desaparecido?
– No. -Esta vez los ojos de Rennie se posaron en Dale Earnhardt-. Y voy a pasar por alto las posibles insinuaciones de esa pregunta, hijo, porque si no lo hiciera me arrepentiría. Y ahora ¿por qué no te vas y compruebas cómo se encuentra Jimmy Sirois? Dile que Big Jim le envía sus mejores deseos y que se pasará a verlo en cuanto amainen un poco estos problemillas.
Rusty tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar su ira, pero era una batalla que estaba perdiendo.
– ¿Que me vaya? Creo que has olvidado que eres un funcionario, no un dictador. Por el momento soy la máxima autoridad médica del pueblo, y quiero res…
Sonó el teléfono móvil de Big Jim, que lo cogió bruscamente. Escuchó. Las arrugas de su boca abierta se hicieron más profundas.
– ¡Caray! En cuanto me despisto… -Escuchó un poco más y añadió-: Si hay alguien más en tu despacho, Pete, cierra el pico antes de que se te escape algo y la líes. Llama a Andy. Estaré allí enseguida, y lo solucionaremos entre los tres.
Colgó el teléfono y se puso en pie.
– Tengo que ir a la comisaría. Se trata de una emergencia o de más problemillas, y no podré saberlo hasta que llegue allí. Y a ti te necesitan en el hospital o en el centro de salud, creo. Parece que la reverenda Libby ha tenido un problema.
– ¿Por qué? ¿Qué le ha pasado?
Los fríos ojos de Big Jim, encajados en sus órbitas pequeñas y angulosas, lo miraron fijamente.
– Estoy seguro de que ella te contará su versión. No sé cuánta verdad habrá en ella, pero te la contará. Así que ve a hacer tu trabajo, jovencito, y déjame hacer el mío.
Rusty bajó al vestíbulo y salió de la casa. Las sienes le palpitaban con fuerza. Hacia el oeste, la puesta de sol era una mancha sangrienta refulgente. Apenas soplaba una brisa de aire, pero aún se notaba el olor a humo. Al pie de la escalera, Rusty levantó un dedo y señaló al funcionario público que estaba esperando que abandonara su propiedad antes de que él, Rennie, hiciera lo propio. Big Jim puso mala cara al ver el dedo, pero Rusty no lo bajó.
– Nadie tiene que decirme cuál es mi trabajo. Y una parte de él será buscar el propano desaparecido. Si lo encuentro en el lugar equivocado, otra persona acabará ocupando tu cargo, concejal Rennie. Es una promesa.
Big Jim hizo un gesto despectivo con la mano.
– Sal de aquí, hijo. Vete a trabajar.
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