Barbie solo habló una vez, cuando abandonaron la 119 y se dirigieron hacia el oeste por la estrecha vía de Motton Road, flanqueada por unos bosques muy densos.
– ¿He hecho lo correcto?
En opinión de Julia, había hecho muchas cosas correctas durante el enfrentamiento con el jefe de policía en su despacho, incluyendo el tratamiento satisfactorio de dos pacientes con dislocaciones, pero sabía a qué se refería.
– Sí. Era el momento perfectamente equivocado para imponer tu autoridad.
Barbie estaba de acuerdo, pero estaba cansado, desanimado y sentía que no estaba a la altura de la tarea que le habían encomendado.
– Estoy seguro de que los enemigos de Hitler dijeron lo mismo. Que lo dijeron en 1934, y tenían razón. En 1936, y tenían razón. También en 1938. «No es el momento adecuado para enfrentarnos a él», dijeron. Y cuando se dieron cuenta de que ya había llegado el momento, de repente estaban protestando en Auschwitz o en Buchenwald.
– No es lo mismo -replicó Julia.
– ¿Crees que no?
Esta vez la periodista no contestó, pero entendió su punto de vista. Hitler había trabajado empapelando pisos, o eso se contaba; Jim Rennie era vendedor de coches de segunda mano. Tanto monta, monta tanto.
Más adelante, los últimos rayos de resplandor se filtraban entre los árboles. Dibujaban un grabado de sombras sobre el asfalto de Motton Road.
Había varios camiones militares aparcados al otro lado de la Cúpula, en el pueblo de Harlow, y treinta o cuarenta soldados yendo de un lado al otro. Todos llevaban máscaras antigás colgando del cinturón. Había un camión con la advertencia MUY PELIGROSO PROHIBIDO ACERCARSE aparcado, casi tocando la puerta que habían pintado con spray en la Cúpula. Una manguera de plástico colgaba de una válvula en la parte posterior del depósito. Dos hombres manipulaban la manguera, que acababa en un tubo del tamaño de un bolígrafo Bic; llevaban casco y un mono hechos de un material brillante.
En el lado de Chester's Mills solo había un espectador. Lissa Jamieson, la bibliotecaria del pueblo, se encontraba junto a una bicicleta Schwinn. Era un modelo antiguo para mujeres, con una caja para la leche en el guardabarros trasero. En la parte posterior de la caja había una pegatina que decía CUANDO EL PODER DEL AMOR SEA MÁS FUERTE QUE EL AMOR POR EL PODER, EL MUNDO HALLARÁ LA PAZ – JIMI HENDRIX.
– ¿Qué estás haciendo aquí, Lissa? -le preguntó Julia mientras salía de su coche. Se llevó una mano a los ojos para que no la deslumbraran los focos.
Lissa estaba toqueteando el
– Cuando estoy alterada o preocupada salgo a pasear en bicicleta. A veces lo hago hasta medianoche. Me ayuda a calmar el pneuma. He visto las luces y me he acercado hasta aquí -dijo como si estuviera pronunciando un conjuro, y soltó el
– Hemos venido a ver el experimento -dijo Barbie-. Si funciona, podrás ser la primera en salir de Chester's Mills.
Lissa esbozó una sonrisa. Pareció un poco forzada, pero a Barbie le gustó que realizara aquel esfuerzo.
– Si lo hiciera me perdería el plato especial del martes por la noche del Sweetbriar. Pastel de carne, ¿no?
– Sí, ese es el plan -admitió; no añadió que si la Cúpula seguía en su sitio al martes siguiente, la
– No sueltan prenda -dijo Lissa-. Lo he intentado.
Un hombre achaparrado como una boca de incendios salió de detrás del camión y se situó bajo la luz. Llevaba unos pantalones caqui, una chaqueta de popelín y un sombrero con el logo de los Black Bears de Maine. Lo primero que sorprendió a Barbie fue que James O. Cox había engordado. Lo segundo, su pesada chaqueta, abrochada hasta arriba, peligrosamente cerca de algo parecido a una papada. Nadie más, ni Barbie, ni Julia, ni Lissa, iba abrigado. No era necesario en su lado de la Cúpula.
Cox hizo el saludo militar. Barbie se lo devolvió y se sintió bastante bien al hacerlo.
– Hola, Barbie -dijo Cox-. ¿Qué tal está Ken?
– Ken está perfecto -respondió Barbie-. Y sigo siendo esa zorra que siempre se lleva la mejor parte.
– Esta vez no, coronel -replicó Cox-. Esta vez parece que se ha quedado bien jodido en el autorrestaurante.
14
– ¿Quién es? -susurró Lissa, que no dejaba de manosear el
– Intentando sacarnos de aquí -respondió Julia-. Y tras el espectacular fracaso del otro día, creo que han hecho bien en intentarlo de un modo discreto. -Dio un paso al frente-. Hola, coronel Cox, soy su directora de periódico favorita. Buenas noches.
La sonrisa de Cox no fue muy amarga, lo cual decía mucho en su favor, pensó Julia.
– Señorita Shumway. Es usted más guapa de lo que imaginaba.
– Pues debo admitir que es usted muy hábil con…