Durante las primeras treinta y cinco horas de existencia de la Cúpula, más de dos docenas de niños sufrieron ataques. En algunos casos, como en el de las chicas Everett, los padres se dieron cuenta de lo sucedido. En muchos otros, no, y en los días posteriores se redujo drásticamente el número de ataques hasta que cesaron por completo. Rusty lo comparó con los pequeños
– ¿Me estás diciendo que la Cúpula es como la varicela? -le preguntó Linda más tarde-. ¿Que la coges una vez y ya estás vacunado para siempre?
Janelle tuvo dos ataques, y también un niño pequeño llamado Norman Sawyer, pero en ambos casos el segundo ataque fue más suave que el primero, y no hubo balbuceos. La mayoría de los niños que había visto Rusty solo habían sufrido uno y, al parecer, no se produjeron efectos secundarios.
Solo dos adultos tuvieron ataques durante esas primeras treinta y cinco horas. Ambos ocurrieron al atardecer del lunes, y ambos tenían unas causas claras.
En el caso de Phil Bushey, también conocido como el Chef, la causa fue el consumo de altas dosis de su propio producto. Cuando Rusty y Big Jim se separaron, Chef Bushey estaba sentado frente al granero de almacenamiento de la WCIK, embelesado con la puesta de sol (muy cerca del punto de impacto de los misiles, donde el escarlata del cielo quedó oscurecido por el hollín de la Cúpula), con la pipa para el cristal en una mano. Estaba de viaje por la ionosfera; quizá mil quinientos kilómetros más allá. En las pocas nubes bajas que flotaban bajo esa luz sangrienta, veía las caras de su madre, de su padre, de su abuelo; vio a Sammy y a Little Walter.
Todas las caras de las nubes sangraban.
Cuando se le empezó a mover el pie derecho, y cuando el izquierdo le siguió el ritmo, no hizo caso. Aquellos temblores eran parte del viaje, todo el mundo lo sabía. Pero entonces empezaron a temblarle las manos y se le cayó la pipa en la hierba alta (amarilla y marchita a causa de la actividad que se desarrollaba en la fábrica). Un instante después empezó a sacudir la cabeza de un lado a otro.
Pero no la palmó, ni siquiera perdió el conocimiento. Se recostó lentamente en un lado, entre temblores, viendo cómo el mármol negro se alzaba en el cielo rojo. Se expandió hasta convertirse en una bola del juego de los bolos, y luego en una pelota de playa muy inflada. Y siguió creciendo hasta que engulló el cielo rojo.
Por un instante pensó que se había equivocado, porque empezaron a brillar las estrellas. Pero eran de un color distinto. Eran rosadas. Y entonces, oh, Dios, empezaron a caer, dejando una larga estela rosa tras ellas.
Luego llegó el fuego. Un horno estruendoso, como si alguien hubiera abierto una trampilla escondida y el Infierno se hubiera cernido sobre Chester's Mill.
– Es nuestro regalo -murmuró con la pipa apretada contra el brazo, lo que le causó una quemadura que no vio ni notó hasta más tarde. Se quedó temblando en la hierba amarilla. El blanco de los ojos reflejaba la refulgente puesta de sol-.
El fuego se convirtió en una cara, en una versión naranja de los rostros ensangrentados que había visto en las nubes justo antes de que le diera el ataque. Era el rostro de Jesús. Jesús lo miraba con el ceño fruncido.
Y habló. Le habló a él. Le dijo que el fuego era responsabilidad suya. Suya. El fuego y la… la…
– La pureza -murmuró, tumbado en la hierba-. No… la purificación.
Jesús ya no parecía tan furioso. Y se estaba desvaneciendo. ¿Por qué? Porque el Chef lo había entendido. Primero llegaron las estrellas rosadas; luego el fuego purificador; y luego el sufrimiento acabaría.
El Chef se quedó quieto mientras el ataque daba paso a las primeras horas de sueño de verdad que había tenido en las últimas semanas, quizá meses. Cuando se despertó, era noche cerrada: no quedaba ni rastro de rojo en el cielo. Estaba helado, pero no mojado.
Bajo la Cúpula ya no caía el rocío.
12