– Son de color rosa -añadió Julia-. ¿Qué está ocurriendo?

– Nada -respondió Cox, pero parecía incómodo.

– ¿Qué? -preguntó Barbie-. Desembuche. -Y añadió sin pensarlo-: Señor.

– Hemos recibido el informe meteorológico a las siete de la tarde. Ponía especial énfasis en el viento. Solo por si acaso… bueno, solo por si acaso. Dejémoslo ahí. Actualmente la corriente en chorro ha llegado hasta Nebraska o Kansas por el oeste, se ha extendido por el sur y luego llegará a la costa Este. Es un patrón habitual para finales de octubre.

– ¿Y eso qué tiene que ver con las estrellas?

– A medida que se aproxima al norte, la corriente pasa por muchas ciudades y localidades industriales. Todo lo que arrastra de esos sitios se está quedando incrustado en la Cúpula en lugar de subir hasta el norte, hasta Canadá y el Ártico. Se ha acumulado tal cantidad que ha creado una especie de filtro óptico. Estoy convencido de que no es peligroso…

– Aún no -dijo Julia-. Pero ¿y dentro de una semana o un mes? ¿Regarán nuestro espacio aéreo a treinta mil pies de altura cuando todo se oscurezca?

Antes de que Cox pudiera responder, Lissa Jamieson dio un grito y señaló el cielo. Luego se tapó la cara.

Las estrellas rosadas estaban cayendo y dejaban una estela rosada tras ellas.

<p>15</p>

– Más drogas -dijo Piper con voz ausente mientras Rusty le auscultaba el corazón.

El auxiliar médico le dio unas palmaditas en la mano derecha; en la izquierda tenía muchas heridas.

– Basta de drogas -dijo-. Oficialmente estás colocada.

– Jesús quiere que tome más drogas -dijo Piper con la misma voz soñadora-. Quiero colocarme para hacer un viaje a tierras desconocidas.

– El único viaje que vas a hacer es a tierras de Morfeo, pero lo tendré en cuenta.

Piper se incorporó. Rusty intentó que se tumbara de nuevo, pero solo se atrevió a tocarle el hombro derecho, y eso no le bastó.

– ¿Podré irme de aquí mañana? Tengo que ir a ver al jefe Randolph. Esos chicos violaron a Sammy Bushey.

– Y podrían haberte matado -replicó él-. Se te dislocara el hombro o no, tuviste mucha suerte de caer de ese modo. Ya me ocuparé yo de Sammy.

– Esos policías son peligrosos. -Piper le cogió la muñeca con la mano derecha-. No pueden seguir siendo policías. Harán daño a alguien más. -Se lamió los labios-. Tengo la boca muy seca.

– De eso ya me encargo yo, pero tendrás que tumbarte.

– ¿Extrajisteis muestras de esperma a Sammy? ¿Puedes compararlas con las de los chicos? Si puedes, acosaré a Peter Randolph hasta que los obligue a proporcionarlas. Lo acosaré día y noche.

– No tenemos la tecnología necesaria para comparar muestras de ADN -dijo Rusty. Además, no hay muestras de esperma porque Gina Buffalino la lavó, a petición de la propia Sammy-. Voy a buscarte algo de beber. Todas las neveras, excepto las del laboratorio, están apagadas para ahorrar energía, pero hay una nevera de camping en la sala de enfermería.

– Zumo -dijo Piper, y cerró los ojos-. Sí, me gustaría tomar zumo. De naranja o manzana. Pero no quiero V8. Es muy salado.

– De manzana -dijo Rusty-. Esta noche solo puedes tomar líquidos.

Piper susurró:

– Echo de menos a mi perro. -Luego volvió la cabeza hacia un lado. Rusty creía que cuando regresara con el zumo estaría dormida.

Cuando se encontraba en mitad del pasillo, Twitch dobló la esquina corriendo a toda prisa. Venía de la sala de enfermería.

– Sal fuera, Rusty.

– En cuanto le haya llevado a la reverenda Libby un…

– No, ahora. Tienes que verlo.

Rusty regresó a la habitación 29 y echó un vistazo. Piper roncaba de un modo muy poco femenino, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta el hinchazón de la nariz.

Siguió a Twitch por el pasillo, casi corriendo para mantener el ritmo de sus largas zancadas.

– ¿Qué pasa? -Aunque en realidad quería decir «¿Y ahora qué?».

– No te lo puedo explicar, y probablemente no me creerías si lo hiciera. Tienes que verlo por ti mismo. -Abrió las puertas del vestíbulo de golpe.

En el camino que llevaba al hospital, más allá de la marquesina donde desembarcaban a los pacientes, estaban Ginny Tomlinson, Gina Buffalino y Harriet Bigelow, una amiga a la que Gina había llamado para que les echara una mano. Las tres se abrazaban, como si quisieran darse ánimos, y miraban el cielo.

Estaba lleno de rosadas estrellas refulgentes, y muchas parecían caer y dejar tras de sí una estela casi fluorescente. Rusty sintió un escalofrío en la espalda. Judy previó esto, pensó. «Las estrellas rosadas están cayendo en líneas.»

Y así era. Así era.

Parecía como si el cielo estuviera cayendo a su alrededor.

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