– El supermercado y la gasolinera -corrigió Big Jim, sonriendo aún-. Por Brownie's no hay que preocuparse, ya está cerrado. Además, mejor… es un cuchitril sucio. -Que vende revistillas sucias, añadió para sí.

– Jim, el Food City todavía tiene muchas existencias -dijo Randolph-. Esta misma tarde he estado hablando con Jack Cale sobre eso. Queda poca carne, pero todo lo demás aún aguanta.

– Ya lo sé -dijo Big Jim-. Sé interpretar un inventario, y Cale también. O debería, al fin y al cabo es judío.

– Bueno… Yo solo digo que hasta ahora todo ha transcurrido con calma porque la gente tenía la despensa bien provista. -Puso mejor cara-. Sí vería bien ordenar que el Food City abriera menos horas. Creo que a Jack podríamos convencerlo. Seguramente ya lo habrá pensado él mismo.

Big Jim meneó la cabeza, todavía con una sonrisa. Ahí tenía otro ejemplo de cómo las cosas te venían de cara cuando lo estabas bordando. Duke Perkins habría dicho que era un error someter a la ciudad a mayor tensión todavía, sobre todo después del inquietante acontecimiento celeste de esa noche. Pero Duke estaba muerto, y que así fuera era más que oportuno; era divino.

– Cerrados -repitió-. Los dos. A cal y canto. Y cuando vuelvan a abrir seremos nosotros los que repartamos las provisiones. Los alimentos durarán más y la distribución será más justa. Anunciaré un plan de racionamiento en la asamblea del jueves. -Hizo una pausa-. Si la Cúpula no ha desparecido para entonces, desde luego.

Andy, dubitativo, dijo:

– No estoy seguro de que tengamos autoridad para cerrar negocios, Big Jim.

– En una crisis como esta, no solo tenemos la autoridad, tenemos la responsabilidad de hacerlo. -Dio unas efusivas palmadas a Pete Randolph en la espalda. El nuevo jefe de policía de Chester's Mills no lo esperaba y se le escapó un pequeño grito de sobresalto.

– ¿Y si desencadenamos el pánico? -Andy fruncía el ceño.

– Bueno, es una posibilidad -dijo Big Jim-. Cuando le das una patada a un nido de ratones, lo más probable es que salgan todos corriendo. Si esta crisis no termina pronto, tal vez tengamos que incrementar nuestra fuerza policial. Sí, bastante.

Randolph no salía de su asombro.

– Ya vamos por veinte agentes. Incluyendo… -Ladeó la cabeza hacia la puerta.

– Pues sí -dijo Big Jim-, y, hablando de esos chicos, será mejor que los hagas pasar, jefe, para que podamos terminar con esto y enviarlos a casa a dormir. Me parece que mañana les espera un día ajetreado.

Y si acaban dándoles una paliza, mejor que mejor. Se lo merecen por no ser capaces de guardarse la manivela dentro de los pantalones.

<p>2</p>

Frank, Carter, Mel y Georgia entraron arrastrando los pies como si fueran sospechosos en una rueda de reconocimiento policial. Sus expresiones eran resueltas y desafiantes, pero ese desafío era inconsistente; Hanna Compton se habría reído de él. Tenían la mirada baja, estudiándose los zapatos. Big Jim sabía que esperaban que los despidieran, o algo peor, y eso a él le parecía muy bien. El miedo era el sentimiento con el que más fácil resultaba trabajar.

– Bueno -dijo-. Aquí tenemos a los valerosos agentes.

Georgia Roux masculló algo a media voz.

– Habla más alto, tesorito. -Big Jim se llevó una mano a la oreja.

– Digo que no hemos hecho nada malo -repitió ella, todavía mascullando y con esa actitud de «el profe se está pasando conmigo».

– Entonces, ¿qué hicisteis exactamente? -Y cuando Georgia, Frank y Carter se pusieron a hablar a la vez, señaló a Frankie-: Tú. -Y que te salga bien, por lo que más quieras.

– Sí que estuvimos allí -dijo Frank-, pero nos había invitado ella.

– ¡Eso! -exclamó Georgia cruzando los brazos por debajo de su considerable pechera-. Ella…

– Calla. -Big Jim la señaló con el dedo con un gesto teatral-. Uno habla por todos. Así es como funcionan las cosas cuando se es un equipo. ¿Sois un equipo?

Carter Thibodeau vio por dónde iba todo aquello.

– Sí, señor, señor Rennie.

– Me alegro de oírlo. -Big Jim le hizo a Frank una señal con la cabeza para que prosiguiera.

– Nos dijo que tenía unas cervezas -dijo Frank-. Solo por eso salimos. En el pueblo no se puede comprar, como bien sabe usted. Bueno, el caso es que estábamos allí pasando el rato, bebiendo cerveza… Solo una lata cada uno, y ya prácticamente no estábamos de servicio…

– Ya hacía rato que no estabais de servicio -interpuso el jefe-. ¿No es eso lo que querías decir?

Frank asintió respetuosamente.

– Sí, señor, eso es lo que quería decir. Nos bebimos nuestra cerveza y entonces dijimos que sería mejor que nos fuéramos, pero ella dijo que valoraba mucho lo que hacíamos y que quería darnos las gracias. Entonces más o menos se abrió de piernas.

– Nos enseñó los bajos, ya sabe -aclaró Mel con una enorme sonrisa vacía.

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