La señal era tan sutil que al principio no logró localizarla. Cerró los ojos, después volvió a abrirlos y dejó pasear la mirada sin presiones por su híbrido entre salón y cocina americana, intentando abarcarlo todo. Los libros que había pensado dejar atrás no habían cambiado de sitio en las estanterías; las sillas estaban donde habían estado, una bajo la lámpara y la otra junto a la única ventana de la habitación, con su vista panorámica del callejón; la taza del café y el plato de la tostada seguían en el escurreplatos, junto al diminuto fregadero.

Entonces se le encendió la bombilla, como suele suceder con esas cosas si no se pone demasiado empeño. Era la alfombra, la que él consideraba su alfombra No Lindsay.

De aproximadamente metro y medio de largo y sesenta centímetros de ancho, la alfombra No Lindsay tenía un repetitivo diseño en diamante, azul, rojo, blanco y marrón. La había comprado en Bagdad, pero un policía iraquí en quien confiaba le había asegurado que era de fabricación kurda. «Muy antigua, muy bonita», había dicho el policía. Se llamaba Latif Abdaljaliq Hasan. Un buen agente. «Parece turco, pero no no no.» Sonrisa enorme. Dientes blancos. Una semana después de ese día en el mercado, la bala de un francotirador le voló los sesos a Latif Abdaljaliq Hasan y se los sacó por la nuca. «¡Nada de turco! ¡Iraquí!»

El mercader de alfombras llevaba una camiseta amarilla en la que decía NO DISPARE, SOLO SOY EL PIANISTA. Latif le había escuchado, asintiendo. Se habían reído juntos. Entonces el mercader había hecho un gesto obsceno sorprendentemente americano y se habían reído con más ganas aún.

– ¿De qué va esto? -preguntó Barbie.

– Dice que senador americano compró cinco como esa. Lindsay Graham. Cinco alfombra, quinientos dólares. Quinientos encima la mesa, para prensa. Más por debajo. Pero todas alfombras de senadora falsas. Sí sí sí. Esta no falsa, esta de verdad. Yo, Latif Hasan, te lo digo, Barbie. Alfombra no Lindsay Graham.

Latif alzó la mano y Barbie chocó los cinco con él. Aquel había sido un buen día. Caluroso, pero bueno. Había comprado la alfombra por doscientos dólares estadounidenses, y un reproductor de DVD multizona. La No Lindsay era su único souvenir de Iraq, y nunca la pisaba. Siempre la rodeaba. Había pensado dejarla allí al irse; imaginaba que, en el fondo, su intención había sido dejar atrás Iraq cuando se marchara de Mills, pero estaba visto que no tenía muchas probabilidades de conseguirlo… Allí adonde ibas, allí estabas. La gran verdad zen de todos los tiempos.

Él no la había pisado, era supersticioso con eso, siempre daba un rodeo para evitarla, como si pisándola fuese a activar algún ordenador en Washington y a encontrarse de nuevo en Bagdad o en la jodida ciudad de Faluya. Sin embargo, alguien la había pisado, porque la No Lindsay estaba torcida. Arrugada. Y un poco doblada. Esa mañana, hacía mil años, él la había dejado perfectamente alineada al salir.

Entró en el dormitorio. La colcha estaba tan lisa como siempre, pero la sensación de que alguien había estado allí era igual de fuerte. ¿Sería el resto de un olor a sudor? ¿Una vibración psíquica? Barbie no lo sabía, y tampoco le importaba. Fue a su cómoda, abrió el primer cajón y vio que el par de vaqueros súper desgastados que había dejado en lo alto de la pila estaba ahora al fondo. Y sus pantalones cortos de soldado, que él había guardado con las cremalleras hacia arriba, estaban ahora con las cremalleras hacia abajo.

Inmediatamente fue al segundo cajón y a los calcetines. Tardó menos de cinco segundos en comprobar que sus placas de identificación habían desaparecido, y no le sorprendió. No, no le sorprendió lo más mínimo.

Cogió el móvil desechable que también había pensado dejar allí y volvió a la habitación principal. La guía telefónica de Tarker's y Chester's Mills estaba en una mesita junto a la puerta, un libro tan delgado que casi era un panfleto. Buscó el número que quería, aunque en realidad no esperaba encontrarlo; los jefes de policía no solían permitir que sus números particulares aparecieran en las guías.

Salvo, por lo visto, en las ciudades pequeñas. Al menos en esa estaba, aunque la entrada era discreta: H y B Perkins 28 Morin Street. A pesar de que era más de medianoche, Barbie marcó el número sin dudarlo. No podía permitirse esperar. Tenía la impresión de que les quedaba poquísimo tiempo.

<p>4</p>

El teléfono estaba sonando. Sería Howie, sin duda, que la llamaba para decirle que iba a llegar tarde, que cerrara la casa con llave y se fuera a dormir…

Entonces todo se le vino otra vez encima como una lluvia de desagradables regalos que caía desde una piñata envenenada: el recuerdo de que Howie estaba muerto. No sabía quién podía estar llamándola -consultó su reloj- a las doce y veinte de la noche, pero no era Howie.

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