Randall tiene mejor puntería. Se la estampa a Mel Searles en plena frente. Mel cae como una saca de correos. Se produce una pausa, un momento de aliento contenido. Pensemos en un coche haciendo equilibrios sobre dos ruedas, decidiendo si volcar o no. Vemos a Rose Twitchell mirando alrededor, perpleja y asustada, sin saber muy bien qué está pasando y menos aún qué hacer al respecto. Vemos a Anson pasarle un brazo por la cintura. Oímos a Georgia Roux aullar por su boca desencajada, sus gritos se parecen extrañamente al sonido que hace el viento al deslizarse por la cuerda encerada de una bramadera. La sangre mana por su lengua herida mientras ella brama. Vemos a los refuerzos. Toby Whelan y Rupert Libby (es el primo de Piper, aunque ella no hace alarde del parentesco) son los primeros en llegar a escena. La contemplan… luego retroceden. Después llega Linda Everett. Va a pie con otro poli de media jornada, Marty Arsenault, que la sigue resoplando. Linda empieza a abrirse paso entre la multitud, pero Marty (que ni siquiera se ha puesto el uniforme esta mañana, solo se ha despegado de la cama y se ha puesto un par de vaqueros viejos) la agarra del hombro. Linda casi se libra de él, pero entonces piensa en sus hijas. Avergonzada de su propia cobardía, deja que Marty se la lleve hasta donde Rupe y Toby están observando cómo se suceden los hechos. De ellos cuatro, solo Rupe lleva un arma esta mañana, ¿dispararía? Claro que sí, cojones; puede ver a su propia esposa en esa muchedumbre, dándole la mano a su madre (a Rupe no le importaría disparar a su suegra). Vemos llegar a Julia justo después de Linda y Marty, intentando recobrar el aliento pero alzando ya la cámara, tirando la tapa del objetivo al suelo a causa de sus prisas por disparar. Vemos a Frank DeLesseps arrodillarse junto a Mel justo a tiempo para esquivar otra piedra, que pasa silbando por encima de su cabeza y abre un agujero en una de las puertas del supermercado.

Entonces…

Entonces alguien grita. Quién, nunca se sabrá; ni siquiera se pondrán de acuerdo sobre el sexo de quien ha gritado, aunque la mayoría cree que ha sido una mujer, y más tarde Rose le dirá a Anson que está casi segura de que ha sido Lissa Jamieson.

– ¡ADENTRO!

Alguien más vocifera: «¡COMIDA!», y la muchedumbre se abalanza hacia delante.

Freddy Denton dispara su pistola una vez, al aire. Después la baja, el pánico hace que esté a punto de descargarla contra la multitud. Antes de que pueda hacerlo, alguien se la quita de la mano. Denton cae al suelo gritando de dolor. Entonces, la punta de una gran bota de granjero -la de Alden Dinsmore- impacta contra su sien. Las luces no se apagan del todo para el agente Denton, pero sí se atenúan considerablemente y, para cuando vuelven a iluminarse, los Grandes Disturbios del Supermercado han terminado.

La sangre cala el vendaje del hombro de Carter Thibodeau, y unas pequeñas escarapelas florecen en su camisa azul, pero él, al menos por el momento, no es consciente del dolor. No hace ningún intento por correr. Clava los pies y descarga contra la primera persona que se pone a tiro. Ese resulta ser Charles «Stubby» Norman, el dueño de la tienda de antigüedades del límite municipal de la 117. Stubby cae aferrándose la boca, de la que le sale sangre a chorros.

– ¡Atrás, capullos! -gruñe Carter-. ¡Atrás, hijos de puta! ¡Nada de saqueos! ¡Atrás!

Marta Edmunds, la niñera de Rusty, intenta ayudar a Stubby y por intentarlo se gana un puñetazo de Frank DeLesseps en el pómulo. Se tambalea, se lleva una mano a la cara y mira con incredulidad al joven que acaba de golpearla… y entonces es arrollada, y Stubby bajo ella, por una oleada de aspirantes a compradores a la carga.

Carter y Frank empiezan a repartir puñetazos, pero solo consiguen propinar tres golpes antes de que los distraiga un extraño aullido. Es la bibliotecaria de la ciudad; tiene el pelo alborotado alrededor del rostro, normalmente afable. Está empujando la hilera de carritos de la compra y bien podría estar gritando «¡Banzai!». Frank salta para quitarse de en medio, pero los carritos embisten a Carter y lo envían volando por los aires. El agita los brazos intentando no caerse, y la verdad es que lo habría conseguido de no ser por los pies de Georgia. Tropieza con ellos, aterriza de espaldas y lo pisotean. Gira para ponerse boca abajo, entrelaza las manos sobre la cabeza y espera a que todo termine.

Julia Shumway aprieta el disparador una y otra y otra vez. Puede que las fotografías desvelen rostros de gente a quien conoce, pero ella en el visor solo ve a desconocidos. Una turba.

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