– Eso díselo a los concejales y al jefe Randolph -responde Jack. Su pelo parece querer escapar en todas direcciones. Le lanza una mirada lúgubre a Frank DeLesseps y otra más lúgubre aún a Mel Searles, que está intentando sin demasiada fortuna contener una sonrisa, quizá incluso su famosa risa nyuck-nyuck-nyuck-. Yo seguro que les diré un par de cosas. Pero de momento ya he tenido bastante de esta mierda. Me largo. -Echa a andar a grandes pasos entre la muchedumbre con la cabeza gacha y las mejillas más encendidas aún que su pelo.

Lissa Jamieson, que acaba de llegar con su bicicleta (todo lo que aparece en su lista cabría en la cesta que lleva en la parte de atrás; sus necesidades son pequeñas, tirando a minúsculas), tiene que virar para esquivarlo.

Carter, Georgia y Freddy están apostados frente al gran escaparate de cristal, donde en un día normal Jack habría dispuesto las carretillas y el fertilizante. Carter lleva tiritas en los dedos, y bajo la camisa se le ve un vendaje más grueso. Freddy se lleva la mano a la culata de la pistola mientras Rose Twitchell sigue echándole una bronca, y Carter desearía poder soltarle un revés. Los dedos están bien, pero el hombro le duele un huevo. El pequeño grupo de aspirantes a compradores se convierte en un grupo grande, y cada vez llegan más coches al aparcamiento.

Antes de que el agente Thibodeau pueda estudiar bien a la muchedumbre, sin embargo, Alden Dinsmore invade su espacio personal. Alden está demacrado y parece haber perdido diez kilos desde la muerte de su hijo. Lleva un brazalete negro de luto en el brazo izquierdo y parece aturdido.

– Tengo que entrar, hijo. Mi mujer me ha mandado a comprar unas latas. -Alden no dice latas de qué. Seguramente latas de todo. O a lo mejor tan solo se ha puesto a pensar en la cama vacía del piso de arriba, la que nunca volverá a estar ocupada, y en esa maqueta de avión del escritorio, que nunca estará terminada, y se le ha olvidado por completo.

– Lo siento, señor Dimmesdale -dice Carter-. No puede hacerlo.

– Es Dinsmore -dice Alden con voz aturdida. Echa a andar hacia las puertas.

Están cerradas, no hay forma de entrar, pero aun así Carter propina al granjero un buen empellón hacia atrás. Por primera vez, Carter siente cierta comprensión hacia los profesores que solían castigarlo en el instituto; es muy molesto que no te hagan caso.

Además, hace calor y el hombro le duele a pesar de los dos Percocet que le ha dado su madre. Veinticuatro grados a las nueve de la mañana es algo raro en octubre, y el color azul desvaído del cielo dice que aún hará más calor a mediodía, y más aún a las tres de la tarde.

Alden tropieza hacia atrás y se da con Gina Buffalino, y los dos se habrían caído de no ser por Petra Searles, que no es un peso ligero y los ayuda a recuperar la verticalidad. Alden no parece enfadado, solo desconcertado.

– Mi mujer me ha enviado por unas latas -le explica a Petra.

Se alza un murmullo desde la gente reunida. No es un sonido de enfado; todavía no. Han ido allí por comida, y la comida está allí pero la puerta está cerrada. Y ahora un mocoso que ha dejado el instituto y que la semana pasada era mecánico de coches acaba de empujar a un hombre.

Gina mira a Carter, Mel y Frank DeLesseps con los ojos muy abiertos. Señala.

– ¡Esos son los tíos que la violaron! -le dice a su amiga Harriet sin bajar la voz-. ¡Son los tíos que violaron a Sammy Bushey!

A Mel le desaparece la sonrisa de la cara; se le han quitado las ganas de reírse.

– Calla -dice.

Al fondo del gentío, Ricky y Randall Killian han llegado en una furgoneta Chevrolet Canyon. Sam Verdreaux llega no mucho después de ellos, a pie, claro está; a Sam le retiraron el carnet de conducir de forma indefinida en 2007.

Gina da un paso al frente mirando a Mel con los ojos bien abiertos. Junto a ella, Alden Dinsmore se ha convertido en un pasmarote, como un granjero robot que se ha quedado sin batería.

– ¿Y vosotros, tíos, se supone que sois la policía? ¿Cómo es eso?

– Eso de la violación fue cosa de esa puta mentirosa -dice Frank-. Y será mejor que dejes de gritarlo antes de que te arreste por alterar el orden público.

– Joder que sí -dice Georgia. Se ha acercado un poco más a Carter. Él no le hace caso. Está observando a la muchedumbre. Porque eso es lo que es. Si cincuenta personas constituyen una muchedumbre, entonces esto lo es. Y no dejan de llegar más. Carter desearía haber cogido su pistola. No le gusta la hostilidad que está viendo.

Velma Winter, que dirige Brownie's (o dirigía, antes de que cerrara), llega con Tommy y Willow Anderson. Velma es una mujer grande, corpulenta, que se peina como Bobby Darin y que por la pinta podría ser la reina guerrera de Bollerilandia, pero ha enterrado a dos maridos, y lo que se cuenta en la mesa del chismorreo del Sweetbriar es que los mató a polvos y que los miércoles va al Dipper's en busca del tercero; es la Noche del Karaoke Country, y atrae a un público más madurito. Ahora se planta frente a Carter, las manos en sus carnosas caderas.

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