Se detuvo el tiempo suficiente para saludar con un gesto a Linda Everett. Ella y Jackie se acercaron juntas, una con el brazo en la cintura de la otra.

– ¿Puedes ponerte en contacto con tu marido? -preguntó Barbie a Linda.

– Si tiene el móvil encendido…

– Dile que venga… con una ambulancia si es posible. Si no contesta al teléfono, coge un coche patrulla y acércate al hospital.

– Tiene pacientes…

– Tiene unos cuantos pacientes más aquí mismo. Solo que no lo sabe. -Barbie señaló a Ginny Tomlinson, que estaba sentada con la espalda apoyada contra la pared lateral de hormigón del supermercado y apretándose la cara, que le sangraba, con las manos. Gina y Harriet Bigelow estaban a su lado, agachadas, pero cuando Gina intentó contener con un pañuelo la hemorragia de la nariz brutalmente deformada de Ginny, esta soltó un grito de dolor y apartó la cabeza-. Empezando por una de las dos enfermeras cualificadas que le quedan, si no me equivoco.

– ¿Y tú qué vas a hacer? -preguntó Linda mientras sacaba el móvil de su cinturón.

– Rose y yo vamos a hacer que paren. ¿Verdad, Rose?

<p>12</p>

Rose se detuvo nada más pasar la puerta, atónita ante el caos que tenía delante. Un acre olor a vinagre flotaba en el aire mezclado con aromas a salmuera y cerveza. Había mostaza y Kétchup esparcidos sobre el suelo de linóleo del pasillo 3, como un charco de vómito de colores chillones. Una nube de azúcar y harina flotaba sobre el pasillo 5. La gente empujaba a través de ella sus cargados carritos, muchos tosían y se frotaban los ojos. Algunos carritos viraban bruscamente al pasar por encima de un montón de judías secas desparramadas.

– Quédate aquí un momento -dijo Barbie, aunque Rose no daba muestras de querer moverse; estaba hipnotizada, aferrando el megáfono entre sus pechos.

Barbie encontró a Julia sacando fotografías de las cajas registradoras saqueadas.

– Deja eso y ven conmigo -dijo.

– No, tengo que hacerlo, no hay nadie más. No sé dónde está Pete Freeman, y Tony…

– No tienes que fotografiarlo, tienes que detenerlo. Antes de que pase algo mucho peor. -Señaló a Fern Bowie, que pasaba por delante de ellos con una cesta cargada en una mano y una cerveza en la otra. Tenía la ceja partida y le corría la sangre por la cara, pero Fern parecía la mar de contento.

– ¿Cómo?

La llevó junto a Rose.

– ¿Preparada, Rose? Ha llegado la hora del espectáculo.

– Es que… Bueno…

– Recuerda: serena. No intentes detenerlos; solo intenta bajar la temperatura.

Rose respiró hondo, después se llevó el megáfono a la boca:

– HOLA A TODOS, SOY ROSE TWITCHELL, DEL SWEETBRIAR ROSE.

Hay que decir en su favor que sí que sonó serena. La gente miró alrededor al oír su voz; no porque sonara apremiante, como sabía Barbie, sino todo lo contrario. Lo había visto en Tikrit, Faluya, Bagdad. Sobre todo después de bombardeos en lugares públicos, cuando llegaban la policía y los transportes de tropas.

– POR FAVOR, TERMINAD VUESTRAS COMPRAS LO MÁS RÁPIDA Y CALMADAMENTE POSIBLE.

Unas cuantas personas soltaron una risa al oír eso, después se miraron unos a otros como si volvieran en sí. En el pasillo 7, Carla Venziano, avergonzada, ayudó a Henrietta Clavard a ponerse de pie. Hay suficiente Texmati para las dos, se dijo Carla. Pero ¿en qué estaba pensando, por el amor de Dios?

Barbie asintió con la cabeza para decirle a Rose que continuara y movió los labios formando la palabra «café». Oyó, a lo lejos, la dulce sirena de una ambulancia que se acercaba.

– CUANDO HAYÁIS ACABADO, VENID AL SWEETBRIAR A TOMAR UN CAFÉ. ESTARÁ RECIÉN HECHO, INVITA LA CASA.

Unos cuantos aplaudieron. Un vozarrón soltó:

– ¿Y quién quiere café? ¡Tenemos CERVEZA! -La ocurrencia fue recibida con risas y alaridos.

Julia pellizcó a Barbie en el brazo. Tenía la frente arrugada, con un ceño que a Barbie le pareció muy republicano.

– No están comprando; están robando.

– ¿Quieres escribir un editorial o sacarlos de aquí antes de que maten a alguien por un paquete de Blue Mountain Torrefacto? -preguntó.

Ella lo pensó mejor y asintió, su ceño dejó paso a esa sonrisa introspectiva que a Barbie empezaba a gustarle muchísimo.

– Tiene usted algo de razón, coronel -dijo.

Перейти на страницу:

Поиск

Книга жанров

Похожие книги