– ¿Te puedo ayudar, cielo? -le preguntó. A quien Linda estaba mirando era a Ginny, y con horror. Ginny vio su mirada y cerró los ojos con cansancio.
– No -dijo Rusty-. Tú haz lo que tengas que hacer. Cuento con Gina y con Harriet, y cuento con el enfermero Barbara.
– Haré lo que pueda -dijo Barbie, y casi añadió:
Linda se inclinó para hablarle a Ginny.
– Lo siento muchísimo.
– Estaré bien -repuso ella, pero no abrió los ojos.
Linda le dio un beso a su marido, lo miró con preocupación y regresó hasta donde estaba Jackie Wettington, con una libreta en la mano, tomándole declaración a Ernie Calvert. Ernie no paraba de frotarse los ojos mientras hablaba.
Rusty y Barbie trabajaron codo con codo durante más de una hora mientras los agentes colocaban cinta policial amarilla delante del súper. En cierto momento, Andy Sanders se acercó a inspeccionar los daños chasqueando la lengua y sacudiendo la cabeza. Barbie oyó que le preguntaba a alguien a dónde iría a parar el mundo cuando sus propios conciudadanos podían llegar a una cosa así. También le estrechó la mano al jefe Randolph y le dijo que estaba haciendo un trabajo cojonudo.
Cojonudo.
14
Cuando lo estás bordando, la necesidad de descansar desaparece. El conflicto se convierte en tu amigo. La mala suerte se convierte en buena, de la de tocarte la lotería. Y todas esas cosas no las aceptas con gratitud (un sentimiento reservado para peleles y fracasados, en opinión de Big Jim Rennie), sino como algo que te corresponde. Bordarlo es como llevar unas alas mágicas, y uno debería (una vez más, en opinión de Big Jim) planear imperiosamente.
Si hubiera salido un poco más tarde o un poco antes de la vieja rectoría de Mill Street donde vivían los Rennie, no habría visto lo que vio, y habría tratado con Brenda Perkins de una forma muy diferente. Sin embargo, salió exactamente en el momento oportuno. Así eran las cosas cuando lo estabas bordando; la defensa se venía abajo y tú te colabas por ese mágico hueco recién creado para encestar con un gancho fácil.
Fueron los cánticos de «¡A-bre YA! ¡A-bre YA!» los que lo sacaron de su estudio, donde había estado tomando notas para lo que él planeaba llamar la Administración del Desastre… en la cual el alegre y sonriente Andy Sanders sería la cabeza titular y Big Jim sería el poder tras el trono. «Si no está roto, para qué arreglarlo» era la Regla Número Uno del manual del usuario de política de Big Jim, y tener a Andy dando la cara había funcionado siempre a las mil maravillas. En Chester's Mill casi todos sabían que era un idiota, pero no importaba. A la gente se le podía hacer el mismo juego una y otra vez, porque el noventa y ocho por ciento de ellos eran aún más idiotas. Y aunque Big Jim nunca había montado una campaña política a tan gran escala (sería comparable a una dictadura municipal), no tenía duda alguna de que funcionaría.
No había incluido a Brenda Perkins en su lista de posibles factores problemáticos, pero no importaba. Cuando lo estabas bordando, los factores problemáticos acababan por desaparecer. También eso lo aceptabas como algo que te correspondía.
Caminó por la acera hasta la esquina de Mill y Main Street, una distancia de no más de unos cien pasos, con su barriga oscilando plácidamente por delante de él. La plaza del pueblo estaba justo ahí delante. Algo más allá, colina abajo, en el otro lado de la calle estaban el ayuntamiento y la comisaría, con el Monumento a los Caídos entre ambos.
No podía ver el Food City desde la esquina, pero sí veía toda la zona de comercios de Main Street. Y vio a Julia Shumway. Salía a toda prisa de las oficinas del
Cada vez era más divertido. Julia se detuvo, dio media vuelta, volvió corriendo, comprobó la puerta de las oficinas del periódico, vio que estaba abierta y la cerró con llave. Después echó a correr otra vez, impaciente por ver a sus amigos y vecinos portándose mal.
Claro que lo era. Y si la chica se empeñaba…