– Sí, señora -dijo Norrie Calvert, como si no hubiera desafiado a la muerte o a la desfiguración un millar de veces solo en el último año con su tabla de skate-. Claro que sí.

– Eso espero -dijo Claire-. Eso espero. -Se frotó las sienes como si empezara a dolerle la cabeza.

– ¡Una comida fantástica, señora McC.! -exclamó Benny, y levantó la mano-. Choque esos cinco.

– Por Dios bendito, ¿qué estoy haciendo? -preguntó Claire. Después chocó esos cinco.

<p>10</p>

Detrás del mostrador principal del vestíbulo de la comisaría, un mostrador que llegaba a la altura del pecho y donde la gente iba a quejarse de problemas tales como robos, vandalismo y de que el perro del vecino no dejaba de ladrar, se encontraba la sala de agentes. En ella había escritorios, taquillas y un rincón cafetería donde un malhumorado cartel anunciaba que EL CAFÉ Y LOS DONUTS NO SON GRATIS. También era donde fichaban a los detenidos. Allí Freddy Denton fotografió a Barbie, y Henry Morrison le tomó las huellas dactilares mientras Peter Randolph y Denton hacían guardia junto a él empuñando sus armas.

– ¡Relaja, relaja los músculos! -gritó Henry. No era el mismo hombre al que le había gustado conversar con Barbie sobre la rivalidad entre los Red Sox y los Yankees durante la comida en el Sweetbriar Rose (siempre un sándwich de beicon, lechuga y tomate con unos cuantos pepinillos al eneldo como guarnición). Ese tipo parecía tener ganas de plantarle a Dale Barbara un puñetazo en toda la nariz-. ¡No los presionas tú, te los presiono yo, así que relaja los músculos!

Barbie pensó en decirle a Henry que era difícil relajar los dedos cuando se estaba tan cerca de hombres armados, sobre todo si sabías que esos hombres no tenían ningún problema en usar las armas. Pero en lugar de eso mantuvo la boca cerrada y se concentró en relajar los músculos para que Henry pudiera presionarle los dedos y sacarle las huellas. Y no se le daba nada mal, en absoluto. En otras circunstancias, Barbie podría haberle preguntado por qué se molestaban en todo aquello, pero se mordió la lengua y tampoco dijo nada de eso.

– Muy bien -dijo Henry cuando creyó que las huellas estaban bastante claras-. Lleváoslo abajo. Quiero lavarme las manos. Me siento sucio solo de tocarlo.

Jackie y Linda se habían mantenido algo apartadas. De pronto, cuando Randolph y Denton enfundaron las pistolas para agarrar a Barbie de los brazos, las dos mujeres sacaron las suyas. Apuntaban al suelo pero estaban listas.

– Si pudiera, vomitaría todo lo que me has dado de comer -dijo Henry-. Me das asco.

– No he sido yo -dijo Barbie-. Piénsalo, Henry.

Morrison simplemente miró a otro lado. Pensar es algo que hoy escasea por aquí, pensó Barbie. Lo cual, estaba convencido, era justo lo que quería Rennie.

– Linda -dijo-. Señora Everett.

– No me hables. -Tenía el rostro blanco como el papel, salvo por una oscuras medialunas violáceas debajo de los ojos. Parecían moratones.

– Vamos, chaval -dijo Freddy, y le hundió a Barbie un nudillo en la parte baja de la espalda, justo por encima del riñón-. Tu suite espera.

<p>11</p>

Joe, Benny y Norrie iban en sus bicis en dirección norte por la carretera 119. Era una tarde de calor estival, había bruma y el aire estaba cargado de humedad. No soplaba ni una ligera brisa. Los grillos cantaban adormilados entre la hierba alta que había a ambos lados de la carretera. El cielo, en el horizonte, era de un tono amarillento que Joe al principio creyó que estaba provocado por las nubes. Después se dio cuenta de que era la mezcla de polen y contaminación que había en la superficie de la Cúpula. Allí el arroyo Prestile corría muy cerca de la carretera, y tendrían que haber oído sus gorjeos mientras fluía en dirección sudeste, hacia Castle Rock, ansioso por unirse al poderoso Androscoggin, pero solo se oía a los grillos y a unos cuantos cuervos graznando con indolencia desde los árboles.

Pasaron de Deep Cut Road y llegaron a Black Ridge Road un kilómetro y medio más adelante. Era de tierra, tenía muchísimos baches y estaba señalizada por dos carteles inclinados y cuarteados a causa de las heladas. El de la izquierda decía SE RECOMIENDA TRACCIÓN A LAS 4 RUEDAS. El de la derecha añadía LÍMITE DE PESO EN EL PUENTE 4 TONELADAS AVISO PARA CAMIONES DE GRAN TONELAJE. Ambos carteles estaban acribillados de agujeros de bala.

– Me gustan los pueblos donde la gente hace prácticas de tiro -dijo Benny-. Hace que me sienta a salvo de El Caide.

– Es Al-Qaida, cazurro -le soltó Joe.

Benny negó con la cabeza, sonriendo con indulgencia.

– Hablo de El Caide, el terrible bandido mexicano al que trasladaron al oeste de Maine para evitar…

– Vamos a ver qué dice el contador Geiger -dijo Norrie, bajando de la bici.

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