Mel se apartó de los ojos la venda, que le cayó por la espalda, desenrollándose como si fuera el extremo del turbante de un
– ¡Parad, parad, parad de pegarle! -La voz provenía de muy lejos, pero Barbie estaba bastante seguro de que era la de la mujer de Rusty-. Se ha desplomado, ¿no veis que se ha desplomado?
A su alrededor, varios pies se arrastraron ejecutando una complicada danza. Alguien le pisó el trasero, tropezó, gritó «¡Joder!» y luego le dieron una patada en la cadera. Todo sucedía muy lejos. Quizá más tarde le dolería, pero en ese momento no era para tanto.
Unas manos lo agarraron y lo pusieron de pie. Barbie intentó levantar la cabeza, pero en general era más fácil dejarla colgando sin más. Lo empujaron casi a rastras por el pasillo hacia la celda del final, el linóleo verde resbalaba entre sus pies. ¿Qué había dicho Denton arriba? «Tu suite espera.»
A la entrada de la celda, alguien le puso un zapato en el culo para que se diera más prisa. Voló hacia delante, levantó el brazo derecho para evitar aterrizar de cara contra la pared de bloques de hormigón color verde. Intentó levantar también el brazo izquierdo, pero todavía lo tenía dormido desde el codo hacia abajo. Sin embargo, había conseguido protegerse la cabeza, y eso estaba bien. Rebotó, se tambaleó y después volvió a caer de rodillas, esta vez junto al catre, como si estuviera a punto de rezar antes de acostarse. Detrás de él, la puerta de la celda sonaba mientras se cerraba avanzando por su riel.
Barbie apoyó las manos en el camastro y se incorporó, el brazo izquierdo ya empezaba a funcionar un poco. Se volvió justo a tiempo para ver a Randolph alejándose con un agresivo paso jactancioso; los puños apretados, la cabeza gacha. Más allá de él, Denton estaba desenrollando lo que quedaba del vendaje de Searles mientras este lo fulminaba con la mirada (la fuerza de esa mirada perdía cierta efectividad debido a las gafas de sol, que se sostenían torcidas sobre su nariz). Más allá de los agentes varones, al pie de la escalera, estaban las mujeres. Ambas tenían idéntica expresión de consternación y confusión. El rostro de Linda Everett estaba más pálido que nunca, y Barbie creyó ver el brillo de las lágrimas en sus pestañas.
Intentó reunir toda su fuerza de voluntad y la llamó:
– ¡Agente Everett!
La mujer dio un respingo, sobresaltada. ¿La había llamado alguien agente Everett alguna vez? Puede que los niños del colegio, cuando le tocaba estar de servicio ayudándolos a cruzar la calle, lo cual seguramente había sido su mayor responsabilidad como policía de media jornada. Hasta esa semana.
– ¡Agente Everett! ¡Señora! ¡Por favor, señora!
– ¡Calla! -dijo Freddy Denton.
Barbie no le hizo caso. Creyó que iba a perder el conocimiento, o al menos la capacidad de reacción, pero de momento lograba aguantar con todas sus fuerzas.
– ¡Dígale a su marido que examine los cadáveres! ¡Sobre todo el de la señora Perkins! ¡Agente, tienen que examinar los cadáveres! ¡No los llevarán al hospital! ¡Rennie no dejará que…!
Peter Randolph se adelantó. Barbie vio lo que había sacado del cinturón de Freddy Denton e intentó levantar los brazos para protegerse la cara, pero le pesaban demasiado.
– Ya has dicho suficiente, hijo -dijo Randolph. Metió el spray de pimienta entre los barrotes y apretó el disparador.
13
Cuando iba por la mitad del oxidado puente de Black Ridge, Norrie detuvo la bicicleta y se quedó mirando el otro lado del precipicio.
– Será mejor que sigamos -dijo Joe-. Hay que aprovechar la luz mientras haya.
– Ya lo sé, pero mira -dijo Norrie, señalando.