El contador volvía a estar en la cesta de la High Plains Schwinn de Benny. Lo habían acomodado entre unas cuantas toallas viejas del cesto de ropa inservible de Claire. Benny lo sacó y se lo dio a Joe; su carcasa amarilla era lo más brillante en aquel neblinoso paisaje. La sonrisa de Benny había desaparecido.

– Hazlo tú. Yo estoy demasiado nervioso.

Joe se quedó mirando el contador Geiger y luego se lo pasó a Norrie.

– Caguetas -dijo ella, aunque sin mala intención, y lo encendió.

La aguja se puso inmediatamente a +50. Joe le clavó la mirada y sintió que de pronto el corazón le latía en la garganta en lugar de en el pecho.

– ¡Caray! -dijo Benny-. ¡Hemos despegado!

Norrie miró la aguja, que se mantenía estable (aunque todavía a medio cuadrante de distancia del color rojo), y luego miró a Joe.

– ¿Seguimos?

– Joder, claro -dijo él.

<p>12</p>

En la comisaría no había problemas con la electricidad; al menos todavía. Un pasillo de baldosas verdes recorría el sótano todo a lo largo, bajo unos fluorescentes que proyectaban una luz deprimente e inalterable. Al amanecer o en noche cerrada, allí abajo siempre había un resplandor de mediodía. El jefe Randolph y Freddy Denton escoltaban a Barbie (si es que podía usarse esa palabra, teniendo en cuenta que sus manos lo aferraban con fuerza de los brazos) mientras bajaba la escalera. Las dos agentes mujeres, empuñando aún sus armas, los seguían por detrás.

A la izquierda quedaba la sala de archivo. A la derecha había un pasillo con cinco celdas; dos a cada lado y una al fondo. Esa última era la más pequeña, con un estrecho camastro que prácticamente colgaba encima del retrete de acero inoxidable sin taza, y a esa era a la que lo arrastraban.

Siguiendo órdenes de Pete Randolph (que a su vez las había recibido de Big Jim), incluso los personajes más violentos de los disturbios del supermercado habían quedado en libertad bajo su propia responsabilidad (¿adónde iban a ir?), y se suponía que todas las celdas estaban vacías. De manera que fue una sorpresa que Melvin Searles saliera disparado de la número 4, donde había estado esperando agazapado. Tenía la venda de la cabeza medio caída y se había puesto unas gafas de sol para disimular dos ojos moradísimos. Con una mano blandía un calcetín de deporte que tenía dentro algo que lo lastraba en la punta: una cachiporra casera. La primera y borrosa impresión de Barbie fue que estaba a punto de ser atacado por el Hombre Invisible.

– ¡Cabrón! -gritó Mel, y asestó un golpe con su arma.

Barbie se agachó. La porra silbó por encima de su cabeza y le dio a Freddy Denton en el hombro. Freddy gritó y soltó a Barbie. Tras ellos, las mujeres chillaron.

– ¡Asesino de mierda! ¿A quién has pagado para que me abra la cabeza? ¿Eh? -Mel cogió impulso de nuevo y esta vez le dio a Barbie en el bíceps del brazo izquierdo. El brazo pareció caer inerte.

Dentro del calcetín no había arena, sino un pisapapeles o algo por el estilo. Algo de cristal o de metal, seguramente, pero al menos era redondeado. Si hubiese tenido algún ángulo, Barbie habría sangrado.

– ¡Cabronazo de mierda! -rugió Mel, y volvió a agitar su calcetín cargado.

El jefe Randolph se hizo atrás, soltando también al prisionero. Barbie agarró el calcetín por la parte vacía e hizo una mueca de dolor cuando el peso de dentro chocó contra su muñeca. Tiró con fuerza y consiguió arrebatarle a Mel Searles su arma casera. Al mismo tiempo, a Mel se le cayó la venda por encima de las gafas de sol y le tapó los ojos.

– ¡Basta, basta! -gritó Jackie Wettington-. ¡Detente, prisionero, solo te lo advertiré una vez!

Barbie sintió un pequeño círculo frío entre sus dos omóplatos. No lo veía, pero supo sin mirar que Jackie lo estaba apuntando con su arma. Si me dispara, la bala entrará por ahí. Y es capaz de disparar, porque en una pequeña localidad donde casi no saben lo que son los problemas de verdad, hasta los profesionales son aficionados.

Soltó el calcetín. Lo que fuera que tenía dentro cayó dando un golpe en el linóleo. Después levantó las manos.

– ¡Señora, ya lo he soltado! -dijo-. ¡Señora, voy desarmado, por favor, baje la pistola!

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