– ¿Quién te había dicho eso?
– ¿Frank? -Junior se frotó una sien-. Creo que a lo mejor fue Frank.
– Sigue.
– Bueno, como sea, he mirado por una de las ventanas del garaje y resulta que su coche sí que estaba allí. He ido a la puerta principal y he tocado el timbre, pero no ha salido nadie a abrir. Después he dado la vuelta a la casa hasta la parte de atrás porque estaba preocupado. He notado… un olor.
Randolph asintió con comprensión.
– Básicamente, has seguido tu olfato. Ha sido un buen trabajo policial, hijo.
Junior miró a Randolph con dureza, preguntándose si era un chiste o una indirecta maliciosa, pero en los ojos del jefe no parecía haber nada más que sincera admiración. Junior se dio cuenta de que su padre quizá había encontrado un ayudante (en realidad, la primera palabra que le vino a la mente fue «cómplice») aún más imbécil que Andy Sanders. No lo habría creído posible.
– Sigue, termina. Sé que te resulta doloroso. Es doloroso para todos.
– Sí, señor. Básicamente es como usted ha dicho. La puerta trasera no estaba cerrada con llave y he seguido mi olfato directamente hasta la despensa. Casi no podía creer lo que he encontrado allí.
– ¿Ha sido entonces cuando has visto la placa de identificación?
– Sí. No. Más o menos. He visto que Angie tenía algo en la mano… con una cadena… pero no podía distinguir lo que era, y tampoco quería tocar nada. -Junior bajó la mirada con modestia-. Sé que solo soy un novato.
– Bien hecho -dijo Randolph-. Muy sensato. Ya sabes que, si estuviéramos en circunstancias normales, tendríamos aquí a todo un equipo de forenses de la oficina del Fiscal General del Estado. Tendríamos a Barbara bien trincado, pero no estamos en circunstancias normales. Aun así, yo diría que con lo que tenemos es suficiente. Ha sido un imbécil al no darse cuenta de lo de la placa.
– He cogido el teléfono móvil y he llamado a mi padre. Por todo lo que había oído por la radio, he supuesto que usted estaría ocupado aquí…
– ¿Ocupado? -Randolph puso los ojos en blanco-. Hijo, no sabes ni la mitad del asunto. Has hecho bien llamando a tu padre. Prácticamente es miembro del cuerpo.
– Mi padre ha llamado a dos agentes, Fred Denton y Jackie Wettington, y han ido a casa de los McCaine. Linda Everett se nos ha unido mientras Freddy fotografiaba el escenario del crimen. Después Stewart Bowie y su hermano se han presentado con el coche fúnebre. Mi padre ha creído que era lo mejor porque en el hospital había mucho jaleo con lo de los disturbios y eso.
Randolph asintió.
– Bien hecho. Ayudar a los vivos, retirar a los muertos. ¿Quién ha encontrado la placa?
– Jackie. Le ha abierto la mano a Angie con un lápiz y enseguida se ha caído al suelo. Freddy ha sacado fotos de todo.
– Será muy útil en el juicio -dijo Randolph-, y tendremos que celebrarlo nosotros mismos si esa Cúpula no desaparece. Pero podemos hacerlo. Ya sabes lo que dice la Biblia: con fe, podemos mover montañas. ¿A qué hora has encontrado los cadáveres, hijo?
– A eso del mediodía. -
– Y ¿has llamado a tu padre enseguida?
– Enseguida no. -Junior miró a Randolph con franqueza-. Primero he salido fuera a vomitar. Estaban muy desfigurados por las palizas. En toda mi vida había visto nada parecido. -Dejó escapar un suspiro y tuvo cuidado de añadir un ligero temblor. Seguramente la grabadora no registraría ese temblorcillo, pero Randolph sí que lo recordaría-. Cuando he acabado de devolver ha sido cuando he llamado a mi padre.
– Vale, creo que eso es todo lo que necesito. -Ninguna pregunta más sobre la secuencia temporal ni sobre su «patrulla matutina»; ni siquiera la petición de que Junior redactara un informe (lo cual estaba muy bien, porque últimamente cada vez que se ponía a escribir acababa doliéndole la cabeza). Randolph se inclinó hacia delante para apagar la grabadora-. Gracias, Junior. ¿Por qué no te tomas el resto del día libre? Vete a casa y descansa. Se te ve destrozado.
– Quisiera estar aquí cuando lo interroguen, señor. A Barbara.
– Bueno, no tienes que preocuparte por perderte eso hoy. Vamos a darle veinticuatro horas para que se torture un poco. Ha sido idea de tu padre, una buena idea. Lo interrogaremos mañana por la tarde o por la noche, y tú estarás aquí. Te doy mi palabra. Lo vamos a interrogar con ganas.
– Sí, señor. Bien.
– Nada de esa tontería de leerle sus derechos.
– No, señor.
– Y, gracias a la Cúpula, tampoco se lo entregaremos al sheriff del condado. -Randolph miró a Junior con entusiasmo-. Hijo, este caso va a ser de verdad uno de esos de «lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas».
Junior no sabía si responder a eso «Sí, señor» o «No, señor» porque no tenía ni idea de lo que le estaba diciendo el idiota del otro lado del escritorio.
Randolph le sostuvo la mirada con entusiasmo durante unos segundos, o incluso algo más, como para asegurarse de que se estaban entendiendo. Luego dio una palmada y se puso en pie.