Baltasar atraviesa la explanada, hay hombres que organizan inocentes partidas de tejo, y otros juegos que el rey prohíbe, como el cara y cruz, si aparece por ahí el corregidor no van a librarse éstos del potro. Esperan a Baltasar, en el sitio acordado, Blimunda e Inés Antonia, y por allí aparecerán también, si es que no están ya, Álvaro Diego y su hijo. Bajan todos juntos al valle, en casa los espera el viejo João Francisco, que apenas puede mover las piernas, se contenta con la misa discreta que el párroco dice en la iglesia de San Andrés, asiste toda la casa del vizconde, precisamente por eso son los sermones menos aterradores, aunque tengan la desventaja de que hay que oírlos enteros porque se nota de inmediato la distracción de quienes oyen, faltas de atención naturales, por otra parte, cuando los años son muchos o mucho han fatigado. Acaban de comer, Álvaro Diego duerme la siesta, el hijo va a cazar pájaros con otros de su edad, las mujeres remiendan y repasan la ropa discretamente, porque ésta es fiesta de guardar y Dios no quiere que se trabaje, no obstante, si no se remienda hoy este desgarrón, mañana será mayor, y si es verdad que Dios castiga sin piedra ni palo, verdad es también que remendar es trabajo sólo de aguja e hilo, aunque no sea mucha mi maña, y no es extraño, que cuando Adán y Eva fueron creados tanto sabía uno como otro, y cuando los expulsaron del paraíso, no consta que hubieran recibido del arcángel una lista con los trabajos de hombre y los trabajos de mujer, a ésta sólo se le dijo, Parirás con dolor, pero hasta esto se acabará un día. Baltasar deja en casa el espigón y el gancho, va con el muñón a la fresca, quiere ver si vuelve a sentir aquel confortante dolor en la mano, ahora cada vez más raro, y aquella comezón en la parte interna del pulgar, la sensación voluptuosa de rascarlo con la uña del índice, y que no le digan que todo esto sólo ocurre en su cabeza, porque él responderá que en la cabeza no tiene dedos, Pero tú, Baltasar, no tienes ya la mano, De eso nadie puede estar seguro, para qué discutir con gente así, que es capaz de negar hasta la propia realidad.

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