Tierra suelta, escombros, lascas que la pólvora o el pico arrancaron al pedernal profundo, y que transportan luego los hombres en carretillas llenando el valle con lo que se va arrasando del monte o extrayendo de los nuevos fosos. Para desechos de mayor porte y peso andan los carros grandes, chapeados de hierro, que los bueyes o las mulas arrastran sin más pausa que cargar y descargar. En los andamios, por las rampas de tablones, suben hombres las piedras suspendidas del yugo que les asientan sobre la nuca y los hombros, sea por siempre alabado quien inventó la almohadilla de apoyo, fue sin duda alguien a quien le dolía. Son trabajos ya dichos, fáciles de referenciar por ser de fuerza bruta, pero la causa de su reiteración es evitar que olvidemos lo que, por ser tan común y de tan mínima arte, se suele mirar sin más consideración que aquella con la que distraídamente vemos nuestros propios dedos escribiendo, así de un modo y otro va quedando oculto aquel que hace bajo aquello que es hecho. Mucho mejor veríamos, y mucho más, si mirásemos desde arriba, por ejemplo, planeando en la máquina voladora sobre este lugar de Mafra, el paseado monte, el conocido valle, la Isla de Madeira que las estaciones han oscurecido con lluvia o sol, y algunos tablones se pudren ya, la tala del pinar de Leiria y en los términos de Torres Vedras y Lisboa, los humos diurnos y nocturnos de las tejeras y hornos de cal que entre Mafra y Cascais son centenares, los barcos que traen otros ladrillos del Algarve y de Entre-Douro-e-Minho y los van a descargar, Tajo adentro, por un canal abierto a brazo hasta el desembarcadero de San Antonio do Tojal, los carros que por Monte Achique y Pinheiro de Loures traen estas y otras materias al convento de su majestad, y aquellos otros que cargan las piedras de Pêro Pinheiro, no hay mejor mirador que este donde estamos, no nos haríamos idea de la grandeza de la obra si el padre Bartolomeu Lourenço no hubiera inventado la passarola, a nosotros nos sustentan en el aire las voluntades que Blimunda juntó en las esferas de metal, por allá abajo andan otras voluntades, presas al globo de la tierra por la ley de la gravedad y de la necesidad, si pudiéramos contar los carros que se mueven por estos caminos de ida y vuelta próximos o lejanos, llegaríamos a los dos mil quinientos, vistos desde aquí parecen estar parados, es por ser tan pesada la carga. Mas a los hombres, si los quisiéramos ver, tendría que ser de más cerca.

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