Va a ser una gran jornada. De aquí a Mafra, aunque el rey haya mandado arreglar las calzadas, es camino difícil, siempre subir y bajar, unas veces bordeando los valles, otras empinándose a las alturas, otras hundiéndose en el fondo, quien calculó los cuatrocientos bueyes y seiscientos hombres, si se equivocó, fue por falta, no porque estén de sobra. Los vecinos de Pêro Pinheiro bajaron al camino para admirar el aparato, nunca se vio tanta yunta desde que empezó la obra, nunca se oyó tanto griterío, y hay quien empieza a sentir que se vaya aquella hermosa piedra, criada aquí, en esta tierra nuestra de Pêro Pinheiro, Dios quiera que no se parta por el camino, para eso no valía la pena haber nacido. El veedor está al frente, es como un general en batalla con su estado mayor, sus ayudantes de campo, sus ordenanzas van a reconocer el terreno, medir la curva, calcular el declive, disponer la acampada. Luego regresan al encuentro del carro, cuánto anduvo, si de Pêro Pinheiro salió, en Pêro Pinheiro está aún. En este primer día, que fue sólo la tarde, no avanzaron más que quinientos pasos. El camino era estrecho, se atropellaban las yuntas, una hilera a cada lado, sin espacio de maniobra, la mitad de la fuerza de tracción se perdía por no haber igualdad en el arranque, las órdenes se oían mal. Y allá estaba el peso asombroso de la piedra. Cuando el carro tenía que pararse, o porque una rueda se metía en un bache o porque el esfuerzo acompasado de los bueyes se midiera de repente con una subida y obligara a una pausa, parecía que ya no iba a ser posible moverlo más. Y cuando, al fin, avanzaba, todos los maderos rechinaban como si fueran a liberarse de las ataduras y de los garfios de hierro. Y ésta era la parte más fácil del viaje.