Aquel día, desde el amanecer hasta la caída de la tarde, hicieron unos mil quinientos pasos, menos de media legua de las nuestras, o, si queremos juzgar por comparación, el equivalente a doscientas veces la anchura de la laja. Tantas horas de esfuerzo para tan poco andar, tanto sudor, tanto miedo, y aquel monstruo de piedra resbalando cuando debía estar parado, inmóvil cuando debería moverse, maldito seas, pero quién mandó sacarte de la tierra y a nosotros arrastrarte por estos yermos. Los hombres se tumban en el suelo, sin fuerzas, arqueando la barriga hacia arriba, mirando al cielo que se va oscureciendo lentamente, primero de un modo que parece que está naciendo el día y no acabando, luego haciéndose transparente a medida que disminuye la luz, y de repente donde había un cristal surge un espesor profundo y aterciopelado, es la noche. La luna, hoy, vendrá mucho más tarde, ya menguante, todo el campamento estará durmiendo. Cenan a la luz de las fogatas y la tierra está haciendo competencia al cielo, donde allá hay estrellas hay aquí fuegos, quizás alrededor de ellas, en el inicio de los tiempos, se habían sentado también los hombres que arrastraron las piedras con que se hizo la bóveda terrestre, quién sabe si tendrían estos mismos rostros fatigados, estas barbas crecidas, estas manos callosas y deformes, sucias, las uñas de luto, como se suele decir, este intenso sudor. Entonces Baltasar pidió, Cuenta aquello, Manuel Milho, qué fue lo que la reina le preguntó al ermitaño cuando apareció en la boca de la cueva, y José Pequeno se tumbó a adivinarlo, Mandaría que se fueran las ayas y los pajes, este José Pequeno es malicioso, en fin, dejémoslo entregado a la penitencia que le impondrá el confesor, si es que es hombre de buena y recta confesión, cosa de la que hay que dudar, y prestemos atención a Manuel Milho que está diciendo, Cuando el ermitaño apareció en la boca de la cueva, la reina avanzó tres pasos y preguntó, si una mujer es reina, si un hombre es rey, qué han de hacer para sentirse mujer y hombre y no sólo reina y rey, esto fue lo que preguntó, y el ermitaño respondió con otra pregunta, si un hombre es ermitaño, qué tendrá que hacer para sentirse hombre y no sólo ermitaño, y la reina lo pensó un rato y dijo, dejará la reina de ser reina, el rey no será rey, el ermitaño saldrá de su ermita, eso es lo que tendrán que hacer, pero ahora haré yo otra pregunta, qué mujer y qué hombre son esos que no son reina ni ermitaño, y sólo mujer y hombre, qué es ser hombre y ser mujer no siendo éstos ermitaño y reina, qué es ser no siendo lo que se es, y el ermitaño respondió, nadie puede ser no siendo, hombre y mujer no existen, sólo existe lo que son y la rebelión contra lo que son, y la reina dijo, yo me rebelo contra lo que soy, dime ahora tú si te rebelas contra lo que eres, y él respondió, ser ermitaño es lo contrario de ser piensan los que viven en el mundo, pero aún es ser algo, y ella, entonces dónde está el remedio, y él, tienes que ser la mujer que quieres ser, deja de ser reina, el resto lo sabrás sólo después, y ella, si quieres ser hombre, por qué continúas siendo ermitaño, y él, porque lo que más se teme es ser hombre, y ella, qué sabes tú lo que es ser hombre y ser mujer, y él, nadie lo sabe, con esta respuesta se retiró la reina, llevando tras ella el séquito que murmuraba, mañana diré el resto. Bien hizo Manuel Milho en callarse, porque dos de los oyentes, José Pequeno y Francisco Marques, ya estaban roncando envueltos en las mantas. Las hogueras se iban apagando. Baltasar se puso a mirar a Manuel Milho, insistentemente, Esa historia no tiene ni pies ni cabeza, no se parece nada a las que oímos contar siempre, la de la princesa que guardaba los patos, la de la chiquilla que tenía una estrella en la frente, la del leñador que encontró una doncella en el bosque, la del toro azul, la del diablo del Alfusqueiro, la de la sierpe de siete cabezas, y Manuel Milho dijo, Si en el mundo hubiese un gigante tan grande que llegara al cielo, dirías que los pies eran montañas y la cabeza la estrella de la mañana, para un hombre que ha dicho que ha volado y que es igual a Dios, es ésa mucha desconfianza. Con esta censura quedó Baltasar mudo, después dio las buenas noches, se volvió de espaldas al fuego y en poco tiempo se quedó dormido. Manuel Milho aún permaneció despierto, pensando en la mejor manera de salir de la historia en que se había metido, si hacer rey al ermitaño, si hacer a la reina ermitaña, por qué será que los cuentos tienen siempre que acabar así.

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