El día siguiente fue de gran aflicción. La carretera se ensanchaba un poco, podían, pues, las yuntas maniobrar con más comodidad sin atropellos, pero el carro, por su tamaño, por la rigidez de los ejes, y también por la carga soportada, giraba con dificultad en las curvas, por eso tenían que arrastrarlo lateralmente, primero hacia delante, luego hacia atrás, las ruedas se resistían, las frenaban las piedras, que había que hacer añicos a mazazos, y aun así no se quejaban los hombres si había espacio para desuncir y volver a uncir los bueyes suficientes para desplazar el carro y llevarlo nuevamente al camino. Las subidas, si no había curvas, se resolvían a base de fuerza bruta, tirando, los bueyes echando el cuello hacia delante, tocando casi con el morro los cuartos traseros del que los precede, resbalando a veces en el fiemo y en los orines, que formaban arroyos en las regueras abiertas por la presión de las patas y el desplazamiento de las ruedas. Con cada dos yuntas iba un hombre, se veían las cabezas y las aguijadas hasta lejos, entre los yugos, sobre los lomos pardos, sólo José Pequeno no se veía, nada extraño es, que estaría hablándoles al oído a sus bueyes, hermanos en altura, Tira, pequeño, tira.

Pero la aflicción se convertía en agonía si el camino era de bajada. Constantemente el carro se escapaba, había que meterle los calzos a toda prisa, desuncir las yuntas, casi todas, tres o cuatro de cada lado bastaban para mover la piedra, pero entonces tenían los hombres que agarrar las cuerdas de detrás de la plataforma, centenares de hombres como hormigas, con los pies hincados en el suelo, los cuerpos inclinados hacia atrás, los músculos tensos, sosteniendo el carro que amenazaba arrastrarlos hacia el valle, lanzarlos fuera de la curva como un trallazo. Los bueyes, más allá, rumiaban sosegadamente mirando aquella agitación, las carreras de los hombres que daban órdenes, el veedor en su mula, los rostros congestionados y empapados en sudor, y ellos allí, quietos, a la espera de su turno, tan tranquilos que ni la aguijada se movía, apoyada contra el yugo. A alguien se le ocurrió la idea de uncir bueyes en la parte trasera de la plataforma, pero tuvieron que dejarlo porque el buey no entiende una aritmética del esfuerzo que acabe en dos pasos adelante y tres atrás. El buey, o vence la rampa y hace subir lo que debería descender, o es arrastrado sin resistencia y llega destrozado a donde debería poder descansar.

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