Dio Don Juan V orden de que no fuese desarmada la basílica, y así entera la mantienen. La corte salió, se retiró la reina, se fueron los infantes, los frailes tras ellos, con sus letanías, ahora está el rey midiendo gravemente con la mirada la construcción, mientras los hidalgos de semana intentan imitar su gravedad, es siempre lo más seguro. No menos de media hora permanecieron el rey y sus acompañantes en esta contemplación. Librémonos de averiguar los pensamientos de los camaristas, sabe Dios lo que pasará por aquellas cabezas, el calambre que le ha cogido un pie, el recuerdo de la perra preferida que ha de parir mañana, la apertura en la aduana de los fardos llegados a Goa, un súbito apetito de caramelos, la manecita blanda de la monja del convento, la comezón bajo la cabellera, todo cuanto se quiera excepto la sublimidad del pensamiento real, que era éste, Quiero tener una basílica igual en mi corte, esto sí que no lo esperábamos.