San Pedro de Roma no ha salido muchas veces de las arcas en estos años pasados. Y es que, muy al contrario de lo que piensa el vulgo ignaro, los reyes son exactamente como los hombres comunes, crecen, maduran, cambian sus gustos con la edad, cuando por complacer al público no los ocultan de propósito, al tiempo que por necesidad política se fingen otros. Aparte de eso, la sabiduría de las naciones y la experiencia de los particulares dice que la repetición trae la saciedad. La basílica de San Pedro ya no tiene secretos para Don Juan V. Podría armarla y desarmarla con los ojos cerrados, sólo o con ayuda, empezando por el norte o por el sur, por la columnata o por el ábside, pieza por pieza o en partes conjuntas, pero el resultado final es siempre el mismo, una construcción de madera, un lego, un mecano, un lugar de ficción donde nunca se dirán misas verdaderas, aunque Dios esté en todas partes.

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