La suerte, pese a todo, es que un hombre se prolongue en los hijos que tiene, y si es cierto que, por despecho de viejo o por vecindad de ese estado, no siempre aprecia el ver continuados sus actos cuando éstos han sido piedra de escándalo o defecto por demás visible, igualmente ocurre que el hombre se deleita cuando convence a los hijos para que repitan algunos gestos suyos, algunos pasos de su vida, incluso palabras, recuperando en apariencia así nuevo fundamento lo que él mismo fue e hizo. Los hijos, claro está, fingen. Por decirlo de otro modo, y ojalá más claro, no sintiendo ya Don Juan V gusto que valga el trabajo de armar y desarmar la basílica de San Pedro, encontró modo indirecto de recobrarlo, probando con un mismo gesto su amor paternal y real, al llamar, para que vinieran a auxiliarlo, a sus hijos Don José y Doña María Bárbara. De ambos hemos hablado ya, de ambos volveremos a hablar, ahora de ella, pobrecilla, sólo diremos que la desfiguraron mucho las viruelas, pero tienen las princesas tanta suerte que no pierden casamiento por verse comidas de viruelas y feas, si así conviene a la corona de su señor padre. Claro que, en esto de armar San Pedro de Roma, no hacen los infantes mucha fuerza. Si Don Juan V tenía gentileshombres de cámara que le ayudaban a levantar y asentar la cúpula de Miguel Ángel, recordando, con relación a esto, cuán proféticamente resonó la gran arquitectura en la noche en que el rey fue al cuarto de la reina, mayor ayuda necesitan los pobres niños, ella de diecisiete años, él de catorce. No obstante, aquí, lo que cuenta es el espectáculo, está media corte reunida para asistir al juego de los infantes, sus majestades sentadas bajo dosel, los frailes cuchicheando goces conventuales, los hidalgos componiendo la expresión para que ella exprese, al mismo tiempo, el respeto debido a los príncipes, el enternecimiento ante la poca edad suya, la devoción por el santo lugar que en copia allí se muestra, todo esto en una cara sólo, y todo esto al unísono, no es de sorprender que parezcan estar sufriendo de un dolor oculto y tal vez impropio. Cuando Doña María Bárbara lleva con sus propias manos una de las estatuillas que ornamentan la cornisa, la corte aplaude. Cuando con sus propias manos coloca Don José la cruz cimera del cimborrio, poco falta para que se arrodillen cuantos allí están, que este infante es el heredero. Sus majestades sonríen, después, Don Juan V llama a sus hijos, alaba su habilidad y los bendice, bendición que ellos reciben de rodillas. El mundo vive en una armonía tal, que parece, al menos en esta sala, reflejo de ese espejo de perfección que es el cielo. Cada gesto es aquí noble, podríamos decir divino en su gravedad y pausa, y las palabras se dicen como partes de una frase que no tiene prisa en acabar ni motivo para acabarse. Así hablan y proceden los moradores de los aposentos celestes cuando salen a las diamantinas calles, cuando los recibe en audiencia el padre de los universos en su palacio dorado, cuando en corte reunidos asisten al juego del hijo, que hace, deshace y vuelve a hacer una cruz de palo.