Durante la cena, dijo Álvaro Diego que las estatuas van a quedar donde fueron descargadas, no hay tiempo para colocarlas en las hornacinas respectivas, la consagración será el domingo, y todos los cuidados y trabajos serán pocos para dar a la basílica un aire compuesto de obra acabada, está concluido el edificio de la sacristía, pero con las bóvedas sin revoque, y, como aún conservan el primero, mandarán cubrirlas con paño de dril enyesado, fingiendo guarnición de cal, para que aparezca más lucida, y en la iglesia, como falta la linterna, habrá que disimular la ausencia del mismo modo. Álvaro Diego sabe mucho de estas menudencias, de albañil pelado pasó a cantero, de cantero a cantero de obra fina, y bien visto por oficiales y maestros de obra, siempre puntual, siempre diligente, siempre cumplidor, tan hábil de manos como dócil de palabra, muy distinto de esa pandilla de boyeros, turbulentos muchas veces, oliendo a estiércol y con la suciedad que del estiércol viene, en vez de esta blancura del polvo de mármol que cubre los pelos de las manos y de la barba y se agarra a la ropa para toda la vida. Así ocurrirá con Álvaro Diego, precisamente para toda la vida, aunque corta, que pronto caerá de una pared a la que no tenía que subir, no se lo exigía ya el oficio, se encaramó para ajustar una piedra que había salido de sus manos y sólo por eso no podía estar mal tallada. Casi treinta metros de caída, y de ella morirá, y esta Inés Antonia, tan orgullosa ahora del favor de que su hombre goza, se convertirá en una viuda triste, ansiosa por si se cae ahora el hijo, no se acaban las tribulaciones del pobre. Dice más Álvaro Diego, que antes de la consagración se mudarán los novicios para dos construcciones terminadas ya encima de la cocina, y, a propósito de esta información, recordó Baltasar que, estando los revoques aún húmedos y siendo tan fría la estación, no iban a faltar enfermedades a los frailes, y Álvaro Diego respondió que había ya braseros ardiendo noche y día dentro de las celdas acabadas, aunque, incluso así, la humedad chorreaba por las paredes, Y las estatuas de los santos, Baltasar, fue mucho trabajo el traerlas, No mucho, lo peor fue cargarlas, luego, con un poco de maña y fuerza, más la paciencia de los bueyes, fuimos haciendo camino. Decaía la conversación, decaía el fuego en el hogar, Álvaro Diego e Inés Antonia se fueron a dormir, de Gabriel no hablemos, que ya estaba dormido cuando masticaba el último bocado de la cena, entonces Baltasar preguntó, Quieres ir a ver las estatuas, Blimunda, el cielo debe de estar limpio y no tardará en salir la luna, Vamos, respondió ella.