Quiso el azar, agenciador de buenos y malos sucesos, que se encontraran las estatuas con los novicios en el cruce del camino que viene de Cheleiros con el que viene de Alcaínça Pequena, y ésa fue ocasión de grandes demostraciones de regocijo por parte de la congregación, por el afortunado augurio. Pasaron los frailes al frente del convoy de carros, como batidores y espantadiablos, entonando sonoras jaculatorias, y si no alzaron cruz es porque no la llevan, que bien lo hubieran hecho de consentirlo el ritual. Entraron así en Mafra, recibidos triunfalmente, tan dolidos de pies, tan transportados de fe en el desvarío de la mirada, o será hambre, que desde San José a Ribamar vienen caminando y sólo comieron pan duro mojado en agua de las fuentes, pero ahora seguro que van a tener mejor trato en el hospicio, donde por hoy se acomodan, apenas pueden andar, es como las hogueras, pasa la gran llamarada, quedan las cenizas, se acaba la exaltación, queda la melancolía. Ni a la descarga de las estatuas asistieron. Vinieron ingenieros y faquines, trajeron cabrestantes, poleas, cabrias, calabrotes y almohadas, cuñas, calzos, funestos instrumentos que de repente escapan, por eso la mujer de Cheleiros dijo, Malditos sean los frailes, y con mucho sudor y rechinar de dientes fueron bajadas las figuras, aunque alzadas ahora en toda su altura, puestas en círculo, vueltas hacia dentro como si estuvieran reunidas en asamblea o partida, entre San Vicente y San Sebastián están las tres santas, Isabel, Clara, Teresa, parecen gallinas junto a ellos, pero las mujeres no se miden en palmos, aun en el caso de que no sean santas.

Перейти на страницу:

Похожие книги