En la sombra que las paredes arruinadas proyectaban, Blimunda se detuvo a elegir camino. No se arriesgaría a atravesar la explanada del convento, podía verla alguien, acaso otro fraile sabedor del secreto, a la espera del regreso del primero que, por la tardanza, debería de estar retozando muy a gusto, Malditos sean los frailes, murmuró Blimunda. Ahora tenía que desafiar todos los temores, el lobo, si no era fábula, el invisible arrastrarse de algo, que ése sí lo había oído, meterse en el bosque para encontrar el camino, allá delante, donde nadie la pudiera ver. Se quitó las abarcas destrozadas, se puso las sandalias del muerto, grandes, anchas, más sólidas, ató las tiras de cuero a los tobillos y se puso en camino, siempre con las ruinas entre ella y el convento, mientras no la ocultara el bosque o una irregularidad del terreno. La rodearon los rumores de los montes, la bañaba la blancura de la luna, luego venían las nubes y la cubrían de oscuridad, pero súbitamente descubrió que nada la asustaba, que bajaría hasta el valle sin que vacilara el corazón, podían aparecer fantasmas y hombres-lobo, almas en pena y fuegos fatuos, con el espigón los echaría a un lado, arma más poderosa que todos los maleficios y atentados, candela que ilumina mi andar.
Anduvo Blimunda toda la noche. Tenía que estar muy lejos de Monte Junto cuando alumbrara la aurora, cuando la congregación se reuniera para las primeras oraciones. Al echar en falta al fraile, empezarían por buscarlo en su celda, luego por todo el convento, en la sala capitular, en el huerto, el abad lo creería huido, habría comentarios por los rincones, pero, si alguno de los hermanos sabía el secreto, sobre ascuas estaría, quién sabe si envidioso de la fortuna del otro, buena saya sería aquélla para que el otro arrojara el hábito a las ortigas, luego empezarían a buscar fuera de los muros, tal vez sea ya día claro cuando lo encuentren muerto, de la que me he librado, piensa el fraile ya no envidioso, en gracia de Dios.