Por los caminos de Mafra corría Blimunda como loca, tan extenuada por fuera, dos noches sin dormir, tan resplandeciente por dentro, dos noches batallando, alcanza y deja atrás a los que van a la consagración, si se juntan tantos no van a caber en Mafra. De lejos vienen pendones y estandartes, se distinguen grupos de gente, hasta el domingo nadie trabaja, todo es cuidar galas y afeites. Baja Blimunda hacia su casa, allí está el palacio del vizconde, hay soldados de la guardia real a la puerta, coches y berlinas por la calle, aquí se habrá alojado el rey. Empujó la cancela del huerto, gritó, Baltasar, pero nadie la respondió. Se sentó entonces en un escalón de piedra, dejó caer los brazos, e iba a abandonarse a la desesperación cuando pensó que no podría explicar por qué estaban allí la manta y la alforja de Baltasar, si precisamente tenía que decir que fue a buscarlo y no lo encontró. Sosteniéndose con dificultad sobre las piernas, se dirigió al cobertizo y escondió todo debajo de unas cañas. Ya no tuvo fuerzas para regresar. Se acostó en el comedero y al poco tiempo, porque el cuerpo siente a veces lástima del alma, se quedó dormida. Por eso no se enteró de la llegada del patriarca de Lisboa, que vino en un riquísimo coche, con otros cuatro de cortejo donde venían criados, y delante el cruciferario a caballo, con la cruz patriarcal alzada, y el merino de los clérigos, y venían también los oficiales del concejo, que habían salido a esperarlo a gran distancia, es imposible imaginar tan magnífico cortejo, la multitud gozaba contemplándolo, a Inés Antonia casi se le saltaban los ojos, Álvaro Diego asistía, aturdido y grave, como conviene a un cantero capaz de arrancar formas de la piedra, en cuanto a Gabriel, dado al vagabundaje, ni se sabe por dónde anda. Y tampoco vio Blimunda llegar, desde varios lugares pero no por su pie, más de trescientos franciscanos para asistir al acto, dándole así mayor brillo, si de dominicos fuese la orden, faltaría uno. Se perdió también el desfile triunfal de la milicia, en columna de a cuatro, venían a ver si estaban listas las obras del cuartel, el campo de tiro al alma, el arsenal de las hostias, el pañol de los sacramentos, el bordado del estandarte, In hoc signo vinces, y si, para la victoria, no basta la señal, úsense persuasiones violentas. A esta hora Blimunda duerme, es una piedra caída en el suelo, si no la tocan con el pie le va a crecer la hierba alrededor, así acontece en las grandes esperas.

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