Cuando, mediada la mañana, Blimunda llegó al río de Pedrulhos, decidió descansar de la ciega caminata en que venía. Había tirado las sandalias del fraile, no fuera el diablo a armarle con ellas una trampa, de su propio calzado se deshizo sin remedio, ahora hundía las piernas en el agua fría, acordándose al fin de examinar sus ropas, si había sangre en ellas, quizá esta mancha en la saya harapienta, rasgó lo que rasgado estaba, lanzó lejos el andrajo. Viendo el agua correr preguntó, Y ahora. Había lavado ya el espigón de hierro, fue como si lavara la perdida mano de Baltasar ausente, perdido, dónde. Salió del agua, Y ahora, volvió a preguntar. Entonces se le ocurrió la idea, y de su bondad se convenció, de que Baltasar estaba en Mafra, esperándola, se habían cruzado sin duda por el camino, quizá la máquina subiera sola, después Baltasar volvió, dejó olvidadas la alforja y la manta, o quizás al huir asustado, se le cayeran, también un hombre tiene derecho a sus miedos, y ahora no sabe qué hacer, si esperar, si lanzarse camino adelante, aquella mujer está loca, ah Blimunda.

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