Me ha dicho mi amigo João Elvas que tenéis por apodo Volador, padre, por qué os dieron tal nombre, preguntó Baltasar. Empezó Bartolomeu Lourenço a alejarse, el soldado fue tras él y, distantes sólo dos pasos uno de otro, seguirán a lo largo del Arsenal de la Rivera de las Naos, del Palacio de Corte Real, y más adelante, de los Remolares, donde la plaza se abría hacia el río, se sentó el cura en una piedra, hizo señal a Sietesoles para que se acomodara al lado, y respondió al fin, como si ahora mismo acabara de oír la pregunta, Porque he volado, y dijo Baltasar, dudando, Perdone la confianza, pero sólo los pájaros vuelan, y los ángeles, y los hombres cuando sueñan, pero en los sueños no hay firmeza, No has vivido en Lisboa, nunca te he visto, Estuve en la guerra cuatro años y mi tierra es Mafra, Pues yo, hace dos que volé, primero hice un globo que ardió, luego hice otro que subió hasta el techo de una sala de palacio, y al fin otro que salió por una ventana de la Casa de la India, y nadie lo ha vuelto a ver, Pero ha volado en persona o sólo volaron los globos, Volaron los globos, y fue lo mismo que si hubiera volado yo, Volar un globo no es volar un hombre, El hombre primero tropieza, después anda, luego corre, un día volará, respondió Bartolomeu Lourenço, pero de pronto se echó de hinojos porque pasaba el Cuerpo de Nuestro Señor llevado a algún enfermo de calidad, el cura bajo un palio sostenido por seis personas, al frente los trompetas, detrás, los hermanos de la Cofradía, de hopas rojas y cirios en la mano, más las cosas precisas a la administración del Santísimo Sacramento a algún alma impaciente por volar, sólo a la espera de que la aliviaran del lastre corporal poniéndola cara al viento que viene de alta mar, o del fondo del universo, o del último lugar del más allá. Sietesoles también se había arrodillado, tocando el suelo con su gancho de hierro mientras se santiguaba.