por lo que desde la calle se ve, a las de París o Lon-

zas de los pueblos de la provincia, o las calles de

dres y, por fin, los muchos y elegantes teatros para

La Rioja, en el cuarenta y dos, las montañas violetas

todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras co-

al oscurecer, esa felicidad de estar solo en una pun-

sas que observé después en sociedad, hiciéronme

ta del mundo, y elegantes teatros. ¿De qué está ha-

comprender los bruscos adelantos que nuestra capi-

blando el tipo? Por ahí acaba de mencionar a París

tal había realizado desde el 68, adelantos más pare-

y a Londres, habla de gustos y de fortunas, ya ves,

cidos a saltos caprichosos que al andar progresivo

Maga, ya ves, ahora estos ojos se arrastran irónicos

y firme de los que saben adónde van; mas no eran

por donde vos andabas emocionada, convencida de

por eso menos reales. En una palabra, me daba en

que te estabas cultivando una barbaridad porque

la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienes-

leías a un novelista español con foto en la contra-

tar y aun de riqueza y trabajo.

tapa, pero justamente el tipo habla de tufillo de

Mi tío es un agente de negocios muy conocido en

cultura europea, vos estabas convencida de que esas

Madrid. En otros tiempos desempeñó cargos de im-

lecturas te permitirían comprender el micro y el

portancia en la Administración: fue primero cónsul;

macrocosmo, casi siempre bastaba que yo llegara

después agregado de embajada; más tarde el matri-

para que sacases del cajón de tu mesa -porque te-

monio le obligó a fijarse en la corte; sirvió algún

nías una mesa de trabajo, eso no podía faltar nunca

tiempo en Hacienda, protegido y alentado por Bra-

aunque jamás me enteré de qué clase de trabajos

vo Murillo, y al fin las necesidades de su familia lo

podías hacer en esa mesa-, sí, del cajón sacabas la

estimularon a trocar la mezquina seguridad de un

plaqueta con poemas de Tristan L’Hermite, por ejem-

sueldo por las aventuras y esperanzas del trabajo

plo, o una disertación de Boris Schloezer, y me

libre. Tenía moderada ambición, rectitud, actividad

las mostrabas con el aire indeciso y a la, vez ufano

inteligencia, muchas relaciones; dedicóse a agenciar

de quien ha comprado grandes cosas y se va a po-

asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en es-

ner a leerlas en seguida. No había manera de hacer-

tos trotes se felicitaba de ello y de haber dado car-

te comprender que así no llegarías nunca a nada,

petazo a los expedientes. De ellos vivía, no obstante,

que había cosas que eran demasiado tarde y otras

que eran demasiado pronto, y estabas siempre tan

despertando los que dormían en los archivos, im-

al borde de la desesperación en el centro mismo de

pulsando a los que se estacionaban en las mesas,

la alegría y del desenfado, había tanta niebla en tu

enderezando como podía el camino de algunos que

corazón desconcertado. Impulsando a los que se esta-

iban algo descarriados. Favorecíanle sus amistades

cionaban en las mesas, no, conmigo no podías con-

con gente de este y el otro partido, y la vara alta

tar para eso, tu mesa era tu mesa y yo no te ponía

que tenía en todas las dependencias del Estado. No

ni te quitaba de ahí, te miraba simplemente leer tus

había puerta cerrada para él. Podría creerse que los

novelas y examinar las tapas y las ilustraciones de

porteros de los ministerios le debían el destino, pues

tus plaquetas, y vos esperabas que yo me sentara a

le saludaban con cierto afecto filial y le franquea-

tu lado y te explicara, te alentara, hiciera lo que

ban las entra das considerándole como de casa. Oí

toda mujer espera que un hombre haga con ella, le

contar que en ciertas épocas había ganado mucho

arrolle despacito un piolín en la cintura y zás la

dinero poniendo su mano activa en afamados expe-

mande zumbando y dando vueltas, le dé el impulso

dientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras

que la arranque a su tendencia a tejer pulóvers o a

su tímida honradez, le había sido desfavorable. Cuan-

hablar, hablar, interminablemente hablar de las mu-

do me establecí en Madrid, su posición debía de ser,

chas materias de la nada. Mirá si soy monstruoso,

por las apariencias, holgada sin sobrantes. No care-

qué tengo yo para jactarme, ni a vos te tengo ya

cía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad

porque estaba bien decidido que tenía que perderte

era poco lisonjero para un hombre que, después de

(ni siquiera perderte, antes hubiera tenido que ga-

trabajar tanto, se acercaba al término de la vida y

narte), lo que en verdad era poco lisonjero para un

y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno perdido.

hombre que… Lisonjero, desde quién sabe cuándo

Era entonces un señor menos viejo de lo que

no oía esa palabra, cómo se nos empobrece el len-

parecía, vestido siempre como los jóvenes elegantes,

guaje a los criollos, de chico yo tenía presentes mu-

pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba toda la cara,

chas más palabras que ahora, leía esas mismas no-

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги